21 abril, 2011

EL MAL NUESTRO DE CADA DÍA

En los evangelios está la expulsión de los demonios. Los demonios son el mal personificado. Como manifestación de la malignidad odian a Dios y a Jesucristo. Por lo que se puede leer de ellos actúan como seres resentidos, envidiosos, destructores de lo bueno y son así mismo los que están detrás de muchas enfermedades desestabilizando el sistema inmunológico tanto psíquico como físico de la pobre gente de Galilea y Judea. Entonces se vuelven locos de amarrar o les salen llagas y tumores raros. Jesucristo sabe que detrás de muchos de estos locos desgraciados está un demonio o una legión de ellos que viven sin pagar renta y además haciendo destrozos en sus cuerpos y almas. Una personificación indica una exterioridad que nos posee. Hay algo ahí que nos posee, que nos domina y nos fuerza a doblegarnos a su voluntad destructiva, irracional y caprichosa. En esta antropología evangélica podemos hablar de la posibilidad del mal de actuar a través del hombre y vivir a través de él. Pero el mal en este caso aparece como algo radicalmente externo a nosotros. Una alteridad como dirían los posmodernos. Para ser todavía más posmoderno: una alteridad con la que no hay posibilidad de diálogo dentro de la diferencia. O se le echa por la fuerza; o si no, nos amarga la existencia con rabia y furor sádico.

Que anden por ahí sueltos estos entes tan malignos, prueba que hay algo por ahí invisible que está al acecho para fastidiarnos bien fastidiados. Pero si están por ahí estos bicharracos sobrenaturales con su estructura jerarquizada y con jefes tan poderosos como Satán, Lucifer, Belial, Belcebú y otros que no me acuerdo; eso quiere decir que Dios les permite actuar o que quizás son una fuerza todavía salvaje dentro de la creación y conviene atarlos o destruirlos cuanto antes. Incluso Jesucristo tuvo que pasar la prueba en el desierto y esa prueba nos revela mucho de lo que los demonios controlan y regulan: poder, riquezas, apetitos y deseos, etc. Curiosamente son las fuerzas irracionales de la historia y de la persona. Son los apetitos desmesurados de la carne y del dinero, las fuerzas inconscientes que tanto nos incordian, nos vuelven tan neuróticos e inestables; tan desasosegados. En definitiva, esos demonios son la anulación de la voluntad o el yo humano para así realizar la toma de poder por parte de la locura maligna. Freud tuvo que haber indagado más en las escrituras cristianas.

La razón de por qué los evangelios nos muestran a los demonios de esa forma tan “visible” y tan dramática tiene que ver con lo que luego viene con la muerte en la cruz como destrucción del poder del mal. Jesucristo expulsa a los demonios como preludio de una mayor “paliza” mortal que les espera. La muerte de Jesús en la cruz es también la victoria sobre el mal en todas sus dimensiones. Se vence a la muerte y se vence al pecado: o sea, el mal en toda su radicalidad y modalidad. La resurrección de Jesús es la prueba palpable de la victoria sobre todo lo maligno. Si Jesús hubiere quedado en la tumba pudriéndose como cualquier mortal, entonces el mal hubiese así quedado como soberano absoluto de este mundo. Sería indescriptible el sufrimiento atroz que estaríamos experimentando ahora con llagas por todo el cuerpo trabajando 24 horas en minas inmundas de mercurio y fósforo; recibiendo latigazos sin parar y otras cosas indescriptibles marcadas a fuego. Pero no. No fue así.

La Resurrección de Jesús fue la victoria sobre el mal.

Pero el mal sigue. La gente se sigue volviendo loca y nos matamos entre nosotros, engañamos al prójimo; explotamos y nos explotan; andamos inquietos por la vida con millones de miedos. Ni siquiera los que se llaman cristianos se salvan de esta inquietud maligna. La salvación entonces no es una salvación universal real, o sea, de hecho en la vida real de los sentidos, de carne y hueso. El mundo sigue igual con los demonios sueltos, pero ahora son llamados virus, esquizofrenias, bacterias, depresiones, manías, violencia demencial psicótica, ideologías excluyentes e incluyentes, etc., ¿Será que esa salvación tiene poder a niveles espirituales y no terrenales? Entonces habría que decir que el arquetipo de la resurrección y la salvación del mal, se pueden inocular en la mente o alma en forma de fe y esperanza hasta que llegue la hora de la consumación y el Apocalipsis final. Mientras tanto se deja a las fierecillas malignas actuar, pero sabiendo que ya están caput, vencidas. Cuestión de tiempo. Mientras hay que anunciar la Buena Nueva al mundo, a este triste mundo.

Es curioso que el mal ya aparezca desde el primer día de la Creación: con la creación ya viene el caos y las tinieblas de afuera. Es como si en Dios mismo ya habitara la exterioridad y la alienación. Es evidente que había necesidad de crear al ser humano. ¿Para qué? ¿Para conquistar esa exterioridad a través del hombre? ¿Era necesario que el hombre cayera víctima del mal, para así conquistar esa sombra que queda “suelta” desde el mismo día de la creación?

¿O es que la conciencia humana se ve obligada a explicar su triste condición de alguna manera en forma de relatos imaginativos y significativos? La resurrección y la salvación se basan en la fe y la fe es la certeza de lo invisible, etc..

2 comentarios:

  1. ¿También demonología? ¡Ángel a María!

    Runand

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  2. Tenga paciencia y lea esas cosas que se le escapan. Todo tiene su sentido en esta vida. Nada escapa al sentido. ¿Cuántos demonicos habitan en nuestras mentes Sr. Runand? Son legión a veces. Es la leche. ¿Cómo exorcisarlos? ¿Leyendo a Richard Dawning?

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