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08 abril, 2014

OIGA, OIGA, ¿DÓNDE ESTÁN LAS VERDADES INMUTABLES?

En el protestantismo hay una corriente que ve las Escrituras como una fuente de revelación accesible tanto a la razón como al sentimiento. De ello
se desprende que podemos llegar a saber lo necesario o lo que Dios ha dispuesto para nuestra salvación y vida correcta a través de una hermenéutica acertada que todos los creyentes pueden llegar a perfilar; bien por ellos mismos (con la ayuda del Espíritu Santo), o bien a través de creyentes bien formados: teólogos, pastores, maestros, etc. (también guiados por el Espíritu Santo, se supone). En una palabra: es posible la definición de verdades fundamentales que emanan de la Biblia y que por lo tanto son autoevidentes y verdades esenciales incuestionables; en oposición, claro está, a cualquier otra interpretación arriesgada o contingente. En el primer caso, el sujeto-creyente puede adecuarse a su objeto-revelación, o viceversa, el sujeto-revelación puede adecuarse a su objeto-creyente; si no de una manera unívoca, si aproximativa. De ahí que en mucho protestantismo haya recurso a una autoridad externa incuestionable que ha de regular la fe de los creyentes a través de las autoridades eclesiásticas o denominacionales mejor reconocidas por su clara enseñanza y doctrina. O, a veces por la interpretación profética reconocida de algún líder reformador o restaurador o “reavivador” de alguna iglesia ya establecida o fundador de una nueva.
Pero si ponemos en duda la hipotética inspiración del Espíritu Santo de quienes se lo arrogan o se lo arrogan, entonces las verdades autoevidentes y esenciales incuestionables se quedan en interpretaciones reglamentadas y sancionadas por instituciones eclesiásticas, organizaciones establecidas o consensos doctrinales acatados en base a criterios teológicos relativos a situaciones históricas concretas de las iglesias. Lo esencial y autoevidente queda inexorablemente relativizado e historizado y, de ser así, entonces la autoridad externa incuestionable sustentada por el Espíritu Santo, queda así mismo en entredicho y relegada a una interpretación más que ha de competir con otras que le discuten su carisma, poder y privilegio. El texto bíblico queda abierto a nuevas investigaciones y estudios críticos, además de la aproximación devocional o teológica o las dos cosas a la vez en franco diálogo crítico entre la fe y la razón.
Es algo parecido a cuando hablamos de ley natural o divina a la hora de regular sociedades. Las leyes naturales o divinas no ejercen su soberanía más que a través de interpretaciones humanas, lo que nos hace ya pensar que en dichas interpretaciones concretas en tiempo y espacio es donde reside su verdad de hecho (leyes
positivas). No en su condición de abstracción o idealización. Curiosamente, las leyes naturales o divinas en su supuesta eternidad o esencialidad, tienden siempre a traducirse en función de intereses humanos concretos. Las leyes naturales quedan entonces desplazadas a un orden simbólico o metafórico ya que su concreción sólo es posible como leyes positivas; o sea, derivadas de la voluntad humana y aplicadas a una sociedad mutable y contingente. No hay vuelta atrás a un orden externo unívoco e incuestionable. En realidad nunca lo hubo. Es por ello que la apertura hacia Dios es ahora más infinita que nunca; como también la apertura de la Historia a nuevos horizontes inesperados.
 

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