A lo lejos veíamos un hombre saltarín. No había nadie por la calle. La vida se reducía tan solo el hombre saltarín que hacía de su cuerpo una peonza. Cuando nos acercábamos a él, él se alejaba girando sobre sí mismo y haciendo un recorrido errático de alejamiento. Y así caminamos por un tiempo hasta que perdimos de vista al hombre saltarín, al hombre peonza.
La fábrica era enorme. Toda la producción parada y el silencio era abrumador. Las máquinas nos miraban como bestias relajadas. Nos quedamos mirando a una de ellas y la aislamos del resto. La contemplamos por un tiempo en su misma estructura, su misma configuración, su misma figura. Su belleza mecánica nos llevó al éxtasis. Sus circuitos perfectamente silenciosos y en reposo. Quietos. Potencialmente productivos. El silencio seguía siendo abrumador. Entonces nos pusimos a correr alocadamente por los pasillos poblados de máquinas girando hacía la izquierda y luego a la derecha y siguiendo en línea recta. Líneas rectas. Y de repente he ahí a lo lejos al trasluz de un gigante portón de salida estaba el hombre saltarín bailando y saltando como una peonza. De nuevo nos quisimos acercar a él y de nuevo se fue alejando. Salimos de la enorme fábrica y el sol nos deslumbró. Todo brillaba demasiado.
Nunca deseas que llegue la noche a una ciudad desierta. Durante el día proyectábamos fantasmas diurnos de esperanzas de luz, de claridades y sombras. De tonalidades de color. De espectros que cobraban vida propia, pero que luego desaparecían sin sentido, sin control. Había momentos en que los espectros formaban figuras de fabulosa fantasía y sus tonalidades afectivas eran buenas y nobles. Sobrecargadas de inocencia. Los árboles de los jardines y las plantas formaban parte del mundo de los espectros y de sus infinitas tonalidades de color y forma. Se fusionaban y jugaban. Pero habría de llegar la noche. Habría de oscurecer. La noche y su lóbrega oscuridad nos era insoportable. Nadie
puede desear una noche en una ciudad deshabitada y vacía. Pero cuando cruzas el umbral de la noche las pesadillas van cobrando vida como criaturas informes, caóticas, que chocan entre sí y producen toda clase de sentimientos turbios, amargos, desesperaciones, angustias límite y explosiones psicóticas.
Nada es permanente. La noche pasa y surge el amanecer y todo desaparece para dar lugar a una nueva creación en la ciudad vacía. Un nuevo día de luz. Al final de la gran avenida he ahí de nuevo al hombre saltarín bailando como una peonza y saltando y reclamando nuestra atención. Nos acercamos poco a poco y ahora el nos quiere indicar un camino. Quizás una salida fuera de la ciudad vacía.
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08 diciembre, 2016
EL HOMBRE SALTARÍN
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