08 diciembre, 2016

EL HOMBRE SALTARÍN

A lo lejos veíamos un hombre saltarín. No había nadie por la calle. La vida se reducía tan solo el hombre saltarín que hacía de su cuerpo una peonza. Cuando nos acercábamos a él, él se alejaba girando sobre sí mismo y haciendo un recorrido errático de alejamiento. Y así caminamos por un tiempo hasta que perdimos de vista al hombre saltarín, al hombre peonza.

La fábrica era enorme. Toda la producción parada y el silencio era abrumador. Las máquinas nos miraban como bestias relajadas. Nos quedamos mirando a una de ellas y la aislamos del resto. La contemplamos por un tiempo en su misma estructura, su misma configuración, su misma figura. Su belleza mecánica nos llevó al éxtasis. Sus circuitos perfectamente silenciosos y en reposo. Quietos. Potencialmente productivos. El silencio seguía siendo abrumador. Entonces nos pusimos a correr alocadamente por los pasillos poblados de máquinas girando hacía la izquierda y luego a la derecha y siguiendo en línea recta. Líneas rectas. Y de repente he ahí a lo lejos al trasluz de un gigante portón de salida estaba el hombre saltarín bailando y saltando como una peonza. De nuevo nos quisimos acercar a él y de nuevo se fue alejando. Salimos de la enorme fábrica y el sol nos deslumbró. Todo brillaba demasiado.

Nunca deseas que llegue la noche a una ciudad desierta. Durante el día proyectábamos fantasmas diurnos de esperanzas de luz, de claridades y sombras. De tonalidades de color. De espectros que cobraban vida propia, pero que luego desaparecían sin sentido, sin control. Había momentos en que los espectros formaban figuras de fabulosa fantasía y sus tonalidades afectivas eran buenas y nobles. Sobrecargadas de inocencia. Los árboles de los jardines y las plantas formaban parte del mundo de los espectros y de sus infinitas tonalidades de color y forma. Se fusionaban y jugaban. Pero habría de llegar la noche. Habría de oscurecer. La noche y su lóbrega oscuridad nos era insoportable. Nadie
puede desear una noche en una ciudad deshabitada y vacía. Pero cuando cruzas el umbral de la noche las pesadillas van cobrando vida como criaturas informes, caóticas, que chocan entre sí y producen toda clase de sentimientos turbios, amargos, desesperaciones, angustias límite y explosiones psicóticas.

Nada es permanente. La noche pasa y surge el amanecer y todo desaparece para dar lugar a una nueva creación en la ciudad vacía. Un nuevo día de luz. Al final de la gran avenida he ahí de nuevo al hombre saltarín bailando como una peonza y saltando y reclamando nuestra atención. Nos acercamos poco a poco y ahora el nos quiere indicar un camino. Quizás una salida fuera de la ciudad vacía.  

 

14 comentarios:

  1. UN DESIERTO MÁS A ATRAVESAR

    Al final de la Gran Avenida estaba el desierto. Cielo azul profundo. Luz y transparencia. Vértigo. Silencio. A cincuenta kilómetros había existido un río y un valle fértil. Ahora podía existir cualquier otra cosa. Los recuerdos estaban muy desdibujados. Cargamos las mochilas y esperamos a la noche para hacer la travesía. La montaña de Kleist nos señalaba la dirección correcta en línea recta. La profundidad de un cielo estrellado. La soledad y extrañeza bajo un abrumador cielo estrellado. La aridez del suelo. Las piedras. Las rocas. Arena iluminada por la luz tenue de la noche. El aire se tornaba frío. El silencio era absoluto. Dudas. Miedo. Vértigo. Estrellas fugaces rasgaban el cielo. Ella me miraba tras la apertura del pasamontañas. Hablaba poco. Eva hablaba poco. Y yo con ella aprendí a valorar las palabras. A no desperdiciar palabras. A utilizar la palabra necesaria. Dejar que la palabra produjera sus efectos. Una sola palabra puede ser muy potente cuando se vive en el silencio. Cuando el silencio se hace trasfondo entonces las piedras hablan. Las plantas cantan. Las personas se anuncian, se proclaman, se unen y se ensamblan en forma de máquinas. Qué extraño es el lenguaje. Qué misterio encierran las palabras. Aprendimos a entendernos con la mirada, con el tacto, con la ternura, con el cuerpo. El lenguaje de los cuerpos. Los dos éramos un misterio el uno para el otro y en cualquier momento nos podíamos esconder el uno en el otro o simplemente desaparecer como si nunca hubiere ocurrido nuestro encuentro.
    Poco a poco fuimos atravesando el desierto. Por el día nos refugiábamos en la tienda y luego al oscurecer seguíamos en dirección de la montaña de Kleist.

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  2. EL ESPEJISMO

    ¿Qué se puede decir de un espejismo? Nuestros deseos ardientes buscan materializarse en la intensidad de una luz abrasadora. Pero la sed no se calma y el río desaparece cuando nos acercamos. Tropezamos contra las piedras y caemos. La montaña de Kleist sigue ahí en la lejanía imperturbable. Nos tocábamos y nos abrazábamos para confirmar nuestra corporalidad, nuestra misma existencia independiente de cualquier alucinación. Mientras eso fuere posible aún nos quedaba esperanza. El calor nos forzaba a beber con desmesura, pero la sensatez se había de imponer. Paciencia. Resistencia. El cuerpo se rebela y busca las compensaciones fatales produciendo delirios, espejismos donde sólo habita el vacío y el engaño. Quizás hasta las mismas zarzas podrían arder o la voz de un dios atronador podría avisarnos de su omnipotencia produciendo manantiales de agua viva. O también un maná podría llover del cielo aliviando nuestra hambre y debilidad y así confirmar la existencia de aquel que Es lo que Es y Será lo que Será. Mientras pudiéramos divisar la montaña de Kleist nuestra vida tendría un sentido real y nuestra supervivencia estaría asegurada. Seres vulnerables. Fragilidad. Desintegración. Tened miedo a aquello que pueda destruir vuestras almas, pues si el alma se pierde vuestros cuerpos se desintegrarán a continuación. El espejismo podría ser el último suspiro del alma antes de desintegrase en caos.
    Por fin oscurecía. Habíamos resistido. Hacía frío. Mañana dibujaríamos otro destino y otro futuro. Pero, ¿qué es ese remolino allí cerca de aquella planta rodante? Parece una figura humana saltando de forma errática.

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  3. LA MONTAÑA DE KLEIST

    Una figura humana saltando de forma errática y girando sobre sí mismo: el hombre saltarín deambulando por el mismo desierto. Quizás la encarnación de un ritmo que sólo él podía oír. Cuántos ritmos podrían estar volando y sobrevolando más allá de nuestros sentidos. Cuántas músicas. Cuántas palabras vacías de sentido esperando encarnarse para materializarse. Eva reflexionaba en voz alta. Y el Verbo se hizo hombre. Y la música se hizo hombre. Y el ritmo se hizo hombre. El hombre saltarín ahora nos hacía señas con unos brazos que parecían alargarse como mangueras. Vestía como un payaso de feria y sus saltos se iban haciendo más complicados, más elásticos, de más altura. Imposible descifrar su sentido. De repente, nos indicó la montaña de Kleist con una mano al final de su brazo-manguera y la montaña dejaba ver sus relieves y su cumbre. El hombre saltarín se detuvo. Dejó de girar y extendió sus brazos en cruz y sus brazos se alargaban sin límite. Entonces comenzó a reírse y su risa retumbaba en todo el desierto y se hacía más y más estridente y los brazos se volvían a retraer y de nuevo comenzó la danza y el girar sobre sí mismo. Luego echó a correr para atrás y para atrás siempre dando la impresión de caer de espaldas, de perder el equilibrio, de encontrarse sin control, pero al mismo tiempo ganando más y más velocidad hasta perderse de vista en la lejanía del desierto.
    Quedaban ya unos pocos kilómetros al valle del río que tan sólo podíamos recordar de forma intermitente. La montaña de Kleist se convirtió en una visible mole de pura roca.

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  4. LA LLEGADA

    El desierto se fue transformando en pradera. Vimos caballos galopando a lo lejos. Tan sólo uno llevaba un jinete. El calor se fue suavizando Fuimos avanzando. Incertidumbre. Caminábamos sobre un gran signo interrogante. Empezábamos a ver huertos. Árboles frutales, hortalizas, campos de cereales. Parecía abundar el agua. Quizás un buen sistema de canalización y regadío. Sin darnos cuenta ya formábamos parte de un camino que se iba ensanchando. A lo lejos vimos unos niños jugar. Corrían. Se escondían y volvían a aparecer. De repente nos vieron y se quedaron quietos. Uno de ellos vino hasta nosotros y se quedó mirando a una distancia prudente. Los demás seguían mirando con curiosidad. Estaba claro que no estaban acostumbrados a ver visitantes. Entonces alguien tocó un silbato y los niños se fueron corriendo por el camino en dirección contraria a nosotros. Quien estaba cerca de nosotros se nos acercó, nos tocó y echó a correr como una centella en la misma dirección que los demás. Quedamos solos y seguimos caminando con prudencia. Teníamos hambre y ya no nos quedaban frutos secos, ni conserva alguna. Las siete cantimploras estaban ya vacías. El cansancio nos reducía a simples autómatas que se movían por inercia. Por fin divisábamos la primera casa. Estaba pintada de blanco. Alguien nos veía llegar desde una ventana, pero se fue escondiendo en el interior a medida que nos acercábamos. Fuimos doblando una curva y al momento ya veíamos otra casa, y otra y otra más allá. Todas pintadas de blanco. Había gente sentada en el porche que incluso se levantaban para mirarnos. El ambiente nos resultaba desconcertante. Un tanto intrigante. Nadie se atrevía a dirigirnos la palabra. Ni tan siquiera les oíamos hablar entre ellos. Era un silencio incomprensible. Tan sólo pudimos oír el alboroto de los niños que se iba alejando.
    Seguimos caminando y pronto vimos la orilla del río cubierta de árboles. El camino daba a un puente. Y cerca del punte vimos una fuente de agua con cinco caños. Nos apresuramos a beber y bebimos con ganas por unos minutos. Pronto nos sentimos renovados, con el alma revivida y entonces cruzamos el puente. El río no era muy ancho, pero llevaba bastante agua. Al cruzar el puente recordaba haberlo hecho alguna vez de niño y en otros tiempos que apenas podía visualizar. Eva me sacó de los recuerdos y me hizo mirar hacía el pueblo que se nos abría a pocos metros. Nos paramos sorprendidos de ver que todas las casas a un lado y otro de la calle seguían estando pintadas de blanco. La gente seguía silenciosa vestidos con ropa sencilla de color verde oscuro. Casi todos vestían un color verde oscuro, menos los niños que vestían de diferentes colores. Todos nos miraban. Seguimos caminando y entonces alguien se puso delante para saludarnos. Bienvenidos, dijo. Nos daba la bienvenida. Dos muchachas vestidas de azul se nos acercaron y al momento nos invitaban a entrar en una especie de salón a unos pocos metros. Nos sentamos rodeados de gente y al poco nos vimos servidos de comida recién hecha que olía a mil maravillas. La gente fue abandonando el salón y poco a poco y una vez saciado el hambre el sueño se fue apoderando de nosotros. Pasamos a una total inconsciencia de sueños gratos, de nostalgias muy lejanas. Luego el tiempo se fue disolviendo en muchos tiempos propios del sueño reparador y su total inconsciencia.

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  5. CADA DÍA HAY QUE DESPERTAR A ALGO NUEVO E IMPREVISTO

    Desperté y vi a través de la ventana la montaña de Kleist. Ahora la montaña estaba mucho más cerca. Desde su cima se debía de contemplar mucho paisaje, mucho territorio, mucho desierto. Eva comenzaba a despertarse y parecía sorprendida. Habíamos sido instalados en una gran cama con un colchón blando de lana. La habitación parecía la de una casa construida artesanalmente. Había un armario ropero de madera de castaño. Unas mesitas también de madera y con una jarra de agua y dos vasos. Luego pudimos ver nuestra ropa puesta sobre sillas. Nos habían quitado la ropa y nos habían puesto unas túnicas blancas como ropa de dormir. Y todo sin enterarnos. Un cansancio profundo y un descanso igualmente profundo. Seguíamos teniendo hambre y ganas de darnos un buen baño. Pero eso era asumir una normalidad que ya solo existía como recuerdo. Y recuerdo cada vez más lejano y desdibujado. Ahora podría acontecer cualquier cosa inesperada, cualquier sorpresa. No deberíamos confiarnos demasiado. Pero tampoco vivir en el miedo. Estábamos allí. Enmarcados en un escenario que no era el nuestro. Eva abrió más la ventana y la luz dio de lleno en un cuadro con la figura del hombre saltarín en relieve; algo así como una talladura en madera de aquel misterioso ente. Pero la figura era confusa, ligeramente desproporcionada; quizás representaba algo que nadie había sabido definir o configurar; o quizás algo que no se dejaba nunca ver como nada completo, nada coherente, nada unitario o aprehensible. Pero estaba allí como si fuese un santón o un diosecillo o un profeta o una confusa aparición. Extraño.
    Oímos entonces cómo alguien manipulaba cacharros en un cuarto cercano. Luego oímos las voces de niños que jugaban. Nos dimos cuenta que estábamos en la casa de una familia y que alguien trabajaba en la cocina. Salté de la cama, abrí la puerta y he ahí un par de niños vestidos de azul tratando de escuchar si ya estábamos despiertos. Al momento una mujer de unos cuarenta años me dio los buenos días con un peculiar acento. Y sin tan siquiera darme tiempo a responderla ya me estaba indicando dónde nos podíamos dar un baño y ponernos una muda que ya tenía dispuesta. También tenía preparado un buen desayuno. Los niños sonreían. Afuera hacía sol, pero hacía algo de frío. La montaña de Kleist se podía seguir viendo a través de unas cristaleras que también nos permitían ver gente silenciosa y tranquila. Sosegada. Sosiego. Pocas palabras. Quizás silencio y sosiego. Este podía ser el paraíso de Eva.

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  6. KRISO

    La señora nos invitó a desayunar con su peculiar acento. Algo así como si su voz no estuviera modulada de acuerdo a su propio timbre y hubiera una leve distorsión. Nos puso huevos cocidos, unas lonchas de jamón y una bandeja de pescado frito natural del río. También nos llenó una taza de café y nos ofreció leche fresca. Todo estaba en su punto. La señora se quedó mirándonos con curiosidad. Sin preguntar nada relacionado con nuestra vida o nuestra procedencia. Quizás fuera ya sabido o no sabía nada o quizás no debía de querer saberlo. Los niños entraron en tropel y anunciaron que a las doce era la fiesta de Kriso y que nosotros también podíamos asistir. Kriso. Eva repitió la palabra para sí misma como un murmullo: Kriso. ¿Qué es Kriso?, dijo en voz alta. Los niños se rieron y dieron saltos coreando una canción: Kriso, salta / Kriso canta / Kriso vuela / Kriso se estira / Kriso rompe/ Kriso ríe / Kriso vive / Kriso vive en la montaña / En la montaña de Kleist / Kriso ha fundado este pueblo / Y Kriso nos visita cada semana.
    Y fue el silencio de nuevo. Los niños vestidos de azul se quedaron en silencio como si hubiesen revelado algo que no debían. La señora sonreía. Nos invitaba a comer más y a beber la leche fresca. Luego se retiró por un tiempo. Entonces Eva se levantó e invitó a los niños a entrar en la habitación donde habíamos dormido y les enseñó la talladura en madera del hombre saltarín. ¿Quién es? preguntó. Los niños se reían. ¿Quién es? volvió a repetir. Y los niños respondieron al unísono: ¡Es Kriso! Sí, es Kriso, dijo ahora la señora que traía unos pantalones y camisas de lino blanco limpias, más ropa interior todo de una textura y hechura artesanal o quizás una imitación de un estilo artesanal. Nada sabíamos de la vida de aquella gente. Y la señora nos dijo que a las doce podríamos ver a Kriso en la plaza del pueblo, pues Kriso hacía posible todo lo bueno y hermoso del pùeblo. Los niños volvieron a repetir la canción con alegría al mismo tiempo que salían de la casa blanca y la mujer volvía a la cocina, pero ahora vestida con un vestido azul claro que resaltaba un cuerpo delgado y bien proporcionado. Eva y yo nos quedamos mirando la figura de Kriso. Había algo en la figura de madera que distorsionaba la vista, que nos producía un ligero toque de inquietud. Nos venían a la mente las visiones irreales o fantasmagóricas del hombre saltarín; pero no estábamos seguros. Habían sucedido muchas cosas y nuestra huida se convertía en recuerdo oscuro. Los dos lo habíamos visto. Quizás fuera algo real. Real. Espectral. Los dos enmudecimos y nos cogimos de la mano con fuerza. Había que seguir seguros de nuestra propia realidad.

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  7. NADIE SABE QUÉ HAY MÁS ALLÁ DE LA EXTENSIÓN Y EL PENSAMIENTO

    Quise reflexionar en voz alta: Hay que ser receptivos a la nueva realidad que se nos abre. No podemos retornar a la ciudad. La ciudad se ha de ir borrando para siempre. Esta gente pronto nos habrá de situar en sus coordenadas y suerte tenemos que por ahora se muestran generosos. ¿Y cuáles son sus coordenadas? Habrá que estar muy atentos. Muy abiertos en cuerpo y alma para ver cómo encajamos en todo esto. Quizás mejor decir ¿qué aventura nos espera y cómo hemos de sobrevivir?
    Eva dijo: Si hemos escapado a la locura de la ciudad y a la mortal indefinición del desierto, quizás ahora podamos encontrar los eslabones perdidos que buscamos. Recuerda que a las doce hemos de ver a Kriso. Kriso. Si Kriso es tan importante en este pueblo es porque Kriso ejerce algún tipo de poder, de atracción que les da satisfacción. Y Kriso parece ser algo visible, material, que habla; tiene voz en el presente. Tiene presencia. Estoy intrigada: quizás sea posible descubrir otros atributos del mundo que ni siquiera podíamos imaginar. No quiero volver a pensar en la ciudad. Este río y este valle lo recuerdo siempre como un paraíso de infancia que me fue arrebatado por la nueva vida en la ciudad. Es extraño que volvamos en estas circunstancias, después de huir de la locura.
    Y yo respondí: Es posible que lo que venga sea nuestra salvación. Creo que los niños nos vienen a buscar. La señora viene acompañada por un hombre también vestido de azul.

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  8. TODO SE PUEDE HACER CON CIERTA ARMONÍA

    Llegaban los niños. Afuera el sol resaltaba el blanco de las casas. La señora nos presenta al señor. Señor y señora. Señora y señor. La voz del señor es lenta. Es una voz metálica y pausada. Dice que somos bienvenidos y que somos libres de ir adónde queramos. La habitación está a nuestra disposición el tiempo que nosotros creamos conveniente. Nos dice que ellos son una familia y que los niños son de también de la familia. Nos invita a ver el acontecimiento festivo y semanal de Kriso. Salimos todos a la calle y la calle estaba llena de gente alegre que vestía de diferentes colores: blanco, azul, verde, amarillo, rojo, etc. Una calle ciertamente colorida con gente cogida de la mano o por el brazo. Entonces comienzan a cantar y los cantos infunden un sentido de colectividad y armonía. Cuando llegan a la plaza central van formando radios alrededor del eje que es una fuente con estanque y una estatua de Kriso en el medio. Kriso es una figura de payaso con pantalones a rayas de colores, piernas muy largas que sobresalen por una pernera corta y zapatos muy grandes. La cabeza está cubierta de pelo muy largo y completamente desmadejada. La nariz acaba en una bola colorada y el rostro está totalmente pintarrajeado. A veces comienza a moverse como impulsado por algún artilugio y todo parece descoyuntarse. Qué demonios de figura es esa tan irreverente, quiso decirme Eva con un gesto suyo muy peculiar. La encarnación de la alegría. El descontrol de brazos y piernas y la abertura de la boca por medios mecánicos por donde sale una lengua larga un tanto obscena y voluptuosa. La gente sigue girando en torno a la estatua cantando y levantando los pies a modo de danza. Las canciones son alegres y bastante bien moduladas. Hay armonía. Hay proporción y simetría.
    De pronto los ejes radiales se alejan del centro cerrando ángulo hacia el exterior y dejando un espacio cerca de la fuente con la estatua. Entonces decenas de niños vestidos también de colores entran corriendo hacia el espacio recién abierto y comienzan a lanzar pétalos de flores a la estatua y al agua del estanque de la fuente. Van formando varios corros en círculos concéntricos y comienzan a cantar la canción que habíamos oído en la casa.
    Kriso, salta / Kriso canta / Kriso vuela / Kriso se estira / Kriso rompe/ Kriso ríe / Kriso vive / Kriso vive en la montaña / En la montaña de Kleist / Kriso ha fundado este pueblo / Y Kriso nos visita cada semana.
    Y así comenzaron a sonar unas flautas con sonidos de lejanía legendaria. Ecos de una intemporalidad que sólo la música puede conseguir. Las flautas dejan de sonar y se hace el silencio. Silencio. El sol caía vertical y el calor se hacía notar. Silencio. Se fue oyendo un trote como si un jinete entrara por una de las calles. Los niños fueron saliendo por donde habían entrado y los radiales humanos se fueron congregando dejando un gran espacio alrededor de la fuente. La estatua se iba quedando quieta. El caballo y el jinete cruzaron por un pasillo humano hasta llegar al centro. El jinete era una réplica de la estatua o la estatua del jinete. A Eva y a mí nos pareció el jinete que habíamos visto al dejar el desierto y entrar en el valle.
    Un grito rompió el silencio. Alguien gritaba a viva voz. ¡Kriso! ¿qué nuevas noticias nos traes del mundo más allá de los desiertos y de las tundras y las estepas y las selvas? ¡Kriso! ¿qué nuevas hay de las ciudades silenciosas? ¿Qué hay tras las grandes montañas y los mares? Y de nuevo fue el silencio. Kriso quedó quieto en su deformación estructural. Por decirlo de alguna manera.

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  9. ES CONVENIENTE NUNCA JUZGAR ANTES DE TIEMPO

    Kriso era un monstruo. No paraba de moverse. No había forma, sino algo informe en continuo movimiento de deformación. Su cuerpo se estiraba, se extendía; luego se replegaba, aunque sus brazos seguían extendiéndose y sus piernas se enrollaban formando como una rueda. La cabeza cuando se volvía como un melón y cuando como una pera, o se hacía redonda como un balón y luego se aplastaba como un plato. Se bajó del caballo y comenzó a girar como una peonza. El hombre peonza. Una peonza que engordaba y adelgazaba y se trasladaba alrededor de la fuente a una velocidad impresionante. ¿Qué podía decir Kriso? Kriso no hablaba. Estaba completamente descentrado y descontrolado. No era centro de nada, no tenía forma que ofrecer y todo él era un monstruosos manojo de confusión. Su figura mejor construida era la de payaso, pero aun así no lograba mantenerla por suficiente tiempo para ser disfrutada por los niños, ni tampoco lograba comunicar nada más que un dispar patetismo. Sí, era un diosecillo patético. Un profeta güevón y desvencijado. Un ídolo descoyuntado. ¿De dónde había salido tal engendro tan inútil?
    Pero la gente lo adoraba, lo admiraba con locura, lo quería como su líder supremo, como su mesías venido de un Más Allá indefinido, y fundador de un reino que habría de extenderse por toda la tierra. Los niños seguían cantando aquella canción tan pegadiza:
    "Kriso, salta / Kriso canta / Kriso vuela / Kriso se estira / Kriso rompe/ Kriso ríe / Kriso vive / Kriso vive en la montaña / En la montaña de Kleist / Kriso ha fundado este pueblo / Y Kriso nos visita cada semana."
    Y de nuevo la voz que lo incitaba a responder:
    "¡Kriso! ¿qué nuevas noticias nos traes del mundo más allá de los desiertos y de las tundras y las estepas y las selvas? ¡Kriso! ¿qué nuevas hay de las ciudades silenciosas? ¿Qué hay tras las grandes montañas y los mares?" Y de nuevo el silencio. Otro silencio. Pero ahora Kriso señalaba a la montaña de Kleist con un brazo que se estiraba de nuevo y uno de los dedos señalaba. La montaña brillaba bajo el sol. Su cumbre era pura roca escarpada.
    Y entonces Kriso se hizo enorme, una masa enorme que absorbía todos nuestros pensamientos, memorias y emociones. Nos sentíamos vacíos de toda sensación. Éramos como una conciencia transparente y prístina incapaz de pronunciar palabra porque ya nada había que decir. No había nada que decir, ni pronunciar, ni significar; tan sólo un existir pleno; una afirmación absoluta de todas las cosas en un plano infinito de posibilidades. Fue un momento en que nada ni nadie se interfería en el escenario de la mente y el sol se movía a grandes velocidades a través de la galaxia y se hacía grande; hinchaba como un gran globo rojo y luego desparecía haciéndose increíblemente diminuto. Las cosas se movían unas en relación con otras a diferentes velocidades e intensidades dentro de infinitas modulaciones. Todo existía en sí y porque sí y en ello estaba su devenir: incesante devenir.
    Era todo lo que podía recordar cuando todo aquel acontecimiento cesó. Eva no sabía qué decir y tartamudeaba. Me abrazaba y lloraba. La gente comenzó a bailar y a cantar y los niños hacían una conga que iba recorriendo toda la plaza sin dejar de cantar la misma canción.

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  10. PERO BUENO, ¿SEGUIMOS DÁNDOLE AL LEVIATÁN DE LAS NARICES?

    Cogí a Eva por el brazo y la llevé hasta un pequeño callejón cerca de la plaza. Había que reflexionar, le dije. No nos podíamos dejar llevar por aquella vorágine de falsas percepciones. Estábamos muy agotados, y veníamos de una ciudad mentalmente desintegrada. Seguía hablando y Eva me miraba sin decir nada. Entonces me dijo que cuál era la reflexión que podíamos hacer. Yo respondí que había que buscar la objetividad de las cosas y situarse en la perspectiva más racional posible. Una figura como la del hombre saltarín era imposible ; no había evidencia alguna sobre su existencia real salvo lo que estábamos viendo en un estado emocional alterado. Todo aquello podía ser un artilugio, un producto de cualquier tecnología avanzada al servicio de cualquier poder político que desconocíamos. O quizás nos estaban programando de una forma que no éramos capaces de captar. Y Eva me respondió: "Sea lo que sea lo estamos viviendo todos, tú y yo y esta gente. Mientras tú buscas la objetividad de todo ello, ello nos va arrastrando sin más comprensión que la pura experiencia de lo que nos acontece y eso es objetivo para todos nosotros, aunque su propia razón de ser esté fuera de nuestro alcance por el momento." Y yo respondí: "Hay que analizar las condiciones sociales de esta gente, sus estructuras económicas; sus representaciones políticas e ideológicas. Hay que ser objetivos y racionales para poder ser libres de verdad. Eva. ¿Me oyes?"
    Y Eva se reía mirando hacia la plaza que bullía de alegría y los niños con su conga cantarina y el hombre saltarín ya no estaba allí, tan sólo quedaba su estatua en medio de la plaza y la estatua se movía por algún artilugio mecánico, y el sol ahora calentaba de lleno y nuestra incertidumbre aumentaba por momentos. La montaña de Kleist seguía allí como testigo mudo de todo un paisaje ilimitado en su extensión. Un paisaje que quizás ya se había borrado de nuestras coordenadas de los recuerdos y memoria de lo aprendido y vivido y que ahora habría que redescubrir y nombrar y buscar nuevas referencias.
    Eva se me quedó mirando fijamente y volvió a reírse. En la ciudad estábamos saturados de razones para todo. Todo tenía sus expertos, sus lenguajes con autoridad; sus definiciones, sus programas, sus simplificaciones, sus fórmulas; sus infinitos estudios e investigaciones. Pero en realidad ya todos estábamos inmersos en la locura de una razón enloquecida y vuelta contra sí misma buscando la razón de su misma razón de ser y mientras tanto otras razones alternativas iban tomando cuerpo, se iban encarnando y arrasando con su barbarie. Pero nadie cuestionaba la máquina del Estado: la única máquina capaz de controlar mentes y cuerpos de forma eficaz, persuasiva, brutal cuando hiciera falta, silenciosa, eficaz; excluyente, segregadora de todo aquello que no se integrara en su concepto de ciudadano. Máquina policial, máquina de guerra cuando hiciese falta; neutra e indiferente y en función de cualquier idea o ideología que la sustentase, o si ausente de ideología él mismo produciría su propia cosmovisión; o si fuere necesario se dejaría capturar de nuevo por las máquinas de guerra religiosas. La felicidad del Estado, con el Estado, en el Estado. Dios encarnado. Leviatán al que nos habíamos entregado para acabar con todas las guerras y las violencias y la sangre común derramada ....
    Eva no hablaba, simplemente me miraba fijamente y yo comprendía lo que estaba diciendo.

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  11. NO TENGAN MIEDO. BIENVENIDOS TODOS.

    Volvimos con la gente. Pero no era la normal vuelta con la gente que hasta entonces habíamos vivido. No era la vuelta a la fiesta para luego iniciar otra rutina del día a día y el paso del tiempo. Nos habíamos instalado en una nueva percepción. Extraña percepción que nos permitía ver cada instante como secuencias espectrales de realidad y entonces las personas se movían bajo diferentes ritmos. Las personas que vestían de azul seguían un ritmo peculiar, quizás una intensidad diferente que los ritmos de quienes vestían de verde o de rojo o de otros colores y tonalidades. Pero lo curiosos era que todos parecían armonizar sin crear fricciones. Pero no solo las personas, sino también las cosas, los objetos, los animales parecían perder su solidez para mostrase como configuraciones espectrales en continua interacción e intercambio: un juego de encuentros y resonancias que no se diferenciaban de la música que seguía sonando y que parecía fundirse todo en un ritmo de ritmos, de vibraciones, de diferenciales de energía, de vida. De vida. He ahí la vida.
    Eva me sujetó del brazo. Me apretó con fuerza. Lo que estábamos viviendo no era posible, nunca había sido posible ni aún experimentando con drogas o sexo o aquelarres musicales de cualquier tipo. Lo que estábamos viviendo podría ser comprendido por el arte; por un arte vuelto sobre sí mismo, autorreferencial: la vida como arte, la política como arte de lo materialmente posible, la economía como arte de lo materialmente posible; las relaciones humanas como arte del encuentro de los cuerpos que se entienden como cuerpos y pensamiento: las dos caras de la misma moneda. Los cuerpos y las emociones y las pasiones y los afectos y los encuentros con el mundo y sus acontecimientos y cosas y ... ¿y?
    Volvimos con la familia que nos había acogido, pero ahora teníamos que inventar un nuevo uso de las palabras, nuevas modulaciones, nuevos ritmos con ellos. Era un mundo totalmente extraño, de sensaciones inesperadas, confusas en un principio, pero infinitas en sus posibilidades. El señor se reía y la señora nos indicaba que nos sentásemos y los niños nos miraban con alegría. Eva era feliz. Yo estaba totalmente desconcertado. Contento. Estaba contento, pero los espectros tenían sus polos, sus diferenciales. O quizás los diferenciales de intensidad se podían modular hasta cierto punto y en ciertas frecuencias.

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  12. ALEJÉMONOS DE LA SOCIOLOGÍA

    La nueva modulación era más lenta. Los pensamientos circulaban más al unísono con las cosas, con los cuerpos, con el cuerpo. Digamos que la fricción entre pensamiento y materia tendía a desaparecer. Lo externo y lo interno iban fundiéndose en un solo flujo. Conexión. Sensación de mayor intensidad en todo aquello que hacíamos. Curioso: a mayor lentitud de modulación mayor también las intensidades de los cuerpos. La sensación de ir alcanzando una fusión con el universo, o por lo menos una disminución del sentimiento de extrañamiento o el ser poseído por fuerzas ajenas que utilizan tú vida para fines ajenos, flujos que extraen energía en lugar de aumentarla. Como si el vampiro se fuera apartando para dejar paso a la imagen del ángel del paraíso. El querubín del Edén. ¿Por qué fuimos expulsados? Eva me explicaba también esa misma sensación y los dos recurrimos al Edén de nuestra infancia en el valle, en este mismo valle, antes de habitar la ciudad. Nuestra imaginación infantil estaba inmersa en continuos descubrimientos. El mundo era un continuo descubrimiento con sus alegrías y sus miedos o terrores. Viviendo la inseguridad y la omnipotente protección de nuestros padres, pero si nuestros padres faltaban el universo se tornaba hostil y una oscuridad comenzaba a cubrir el mundo de afuera. Podía haber personas que intentarían hacernos daño. Eva me dijo que volveríamos al paraíso en algún momento de nuestra vida. Los dos participábamos de la misma visión y las mismas tensiones. Los dos hacíamos el mismo viaje.
    El señor nos llamó para cenar con la familia.

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  13. ESTE UNIVERSO NUNCA DA TREGUA

    Comer. Tragar. La familia hacía de la cena un ceremonial. Parecía una liturgia. Nadie se apresuraba. La madre fue preparando los alimentos como si estuviera realizando una obra de arte. Los niños ayudaban. El padre ponía la mesa. Cada cosa tenía su sitio. Cada vaso en su sitio. Cada plato en su sitio. Todo parecía seguir un ritmo lento, prefijado. Como si se estuviera repitiendo una ceremonia milenaria, quizás intemporal. Las cosas comenzaban a moverse en una dimensión fuera del tiempo cronometrado, quizás otro tiempo. O de nuevo: la experiencia de la intemporalidad. Aquella no era nuestra realidad. Estábamos algo nerviosos, pero nos fuimos acostumbrando al ritmo, a las cadencias de la pronunciación de las palabras; a la conciencia de la respiración, del aire que penetra en el cuerpo. Inhalación, exhalación. Olor. Los olores. El correr del agua. Las tonalidades de color. La luz.
    Hablamos de la experiencia del día, de Kriso. La familia nos invitó a quedarnos a vivir en el pueblo. Sería fácil encontrarnos un sitio para los dos, una ocupación dentro de los muchos oficios que allí se desempeñaban; las artes de la agricultura, decían; o las artes de la mecánica, o las artes de los ingenios informáticos; o las artes artesanales. O las artes de la enseñanza en todas sus modalidades. O las artes de la medicina en todas sus modalidades. No habría problema. Ya conocíamos a Kriso. El cuerpo de Kriso era visible. No había engaño alguno. Pero su parte incorporal era también palpable. Una materia más sutil que inundaba los cuerpos para unirlos como un sólo cuerpo. Nadie se podía hacer una imagen exacta del rostro de Kriso, pues era un rostro sin forma y con todas las formas a la vez. Lo mismo su cuerpo.
    El padre nos explicaba todo esto masticando el alimento con calma, mirándonos fijamente. Nos estaba revelando un misterio del que ellos ya eran parte sin lugar a ninguna duda. Eva sintió un leve escalofrío. Comenzó a sentirse insegura. Yo empecé a sentir una profunda desazón. Estábamos reaccionando con un sentimiento de pánico. Lo extraordinario, lo desconocido, lo incomprensible empezaba a producirnos mella. No sabíamos qué responder. Quisimos explicarles de dónde veníamos y también que el pueblo y el valle habían existido de otra forma, con su historia, con sus costumbres, con sus leyes, sus religiones.
    La madre sonriendo nos dijo que todo aquello ya no tenía ningún sentido. Era perder el tiempo recordar lo que para ellos se movía en otro plano, en otra realidad ya superada y sin soberanía alguna sobre ellos.
    Llegó la hora de ir a dormir.

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  14. NO ES BUENO DAR VUELTAS A LA CABEZA ANTES DE DORMIR

    Cuando entramos en la habitación vimos la montaña de Kleist iluminada por una luna llena a través de la ventana. Una montaña siempre invita a subirla y una vez alcanzada su cima hay como un deseo cumplido: una nueva etapa en la vida que comienza, un nuevo estado de gracia; un mensaje que llevar a la civilización, un nuevo pacto con la vida, una promesa de amor a cumplir. Habríamos de subir al Kleist, o al menos lo intentaríamos. Quizás fuese el objetivo inconsciente de nuestro nomadismo. Quizás desde la montaña pudiéramos ver un paisaje nuevo o una razón poderosa que nos explicara qué hacíamos en este universo. Kriso nos había dado la montaña como referencia. Como orientación. Es posible que la razón de ser de Kriso estuviere ahí en la montaña de Kleist. Ahora había que dormir. Perder el miedo y dormir. Vencer el caos de la incertidumbre y dormir. Aquella gente ya estaban viviendo algo que la ciudad trataba también de conseguir pero sin más resultado que la desintegración. Pero la ciudad también había buscado una mística capaz de unir a sus ciudadanos bajo un mismo sentir o más bien un dejar de sentir como éxtasis definitivo y triunfo sobre la carne.

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