naturales, entonces al final siempre hemos de recurrir al milagro de la fe. Pues a lo único racional que nos llevan las manifestaciones del universo, si somos honestos, es a nuestra más completa ignorancia sobre el porqué de la existencia de lo que vemos. No hay señal objetiva o demostrable alguna que nos indique de forma contundente el origen divino del universo y mucho menos la atribución de dicha existencia a un dios particular en base a una revelación concreta. A todo lo que estamos permitidos por medio de la razón es a la descripción del mundo por medio de la Ciencia; y a medida que se van abriendo campos debido a nuevos descubrimientos, pues aceptarlos dentro de la máxima honradez y honestidad. No hay más posibilidades si nuestro saber y conocimiento se ha de fundamentar en la razón. Otra cosa es que eso no nos satisfaga y necesitemos de otras explicaciones que nos den un sentido trascendente sobre el por qué de todo este abrumador misterio del cosmos y de la vida humana inteligente. Y es entonces donde habremos de necesitar de explicaciones metafísicas; y, entre tales explicaciones metafísicas están las explicaciones religiosas. En concreto la creencia cristiana en un Dios que se revela a través de las Escrituras no sería más que una variante o modalidad de explicación religiosa del mundo. Nada hay demostrado de forma racional y objetiva que la Biblia es revelación de Dios y que además es el Dios único y verdadero que ha creado el universo. Todo lo más que podemos decir quienes creemos en el Dios de la Biblia es que lo hacemos por fe. Pero la fe no es algo que podamos demostrar de modo racional y científico, sino que es un fuerte sentimiento de transformación espiritual que nos ocurre sin saber exactamente el por qué. Tan sólo sabemos que nos ocurre, está ahí, se siente de forma continuada y da sentido a nuestras vidas. Es la fe la que abre sentido a las explicaciones religiosas; y, es la fe la que nos dice a los cristianos que el Nuevo Testamento nos habla de verdades trascendentales.
Ahora bien, si la fe fuese única y común a todos los
mortales creyentes, entonces no habría la diversidad de religiones y de
iglesias, denominaciones o sectas que existe en este momento. La fe, aun siendo
un acontecimiento de radical raíz subjetiva, de ser un hecho común al conjunto de
los creyentes en el mundo habría de ser la misma en sus manifestaciones. Una fe
trascendental puede anteponerse de forma abrumadora sobre cualquier
contingencia o accidente que intente oscurecerla, ocultarla, o confundirla. De
no ser así, entonces la fe, al igual que las culturas y las lenguas; tiene de
común con el ser humano la participación en la increíble variedad productiva de
interpretaciones sobre la realidad. De ahí la multitud de religiones, en muchas
ocasiones, en consonancia con la variedad cultural y lingüística del mundo, o
su universalización en coexistencia con los poderes políticos que lo hicieron
posible. En el caso cristiano: el Imperio Romano. La fe entonces podría ser un
acontecimiento subjetivo cuya representación resultaría siempre problemática.
La fe entonces estaría siempre más allá de toda posible representación y de
todo posible intento de
reducción a dogmas de fe o institucionalización. La fe sería una experiencia profunda que solamente se podría compartir con otros en función de un sentimiento también profundo; quizás de una fuerte afectividad que logra entrar en sintonía con otras afectividades de un modo muy parecido. Esa sería entonces la base común de la fe entre los humanos: una experiencia común subjetivamente abrumadora compartida en modalidad de fuerte sintonía afectiva. Luego vendría la necesidad de traducción, de representación de tal experiencia común de la fe en forma de aceptación e interpretación de las Sagradas Escrituras, en el caso del cristianismo protestante. Y es ahí donde van surgiendo las diferentes comunidades de interpretación, las diferentes iglesias.
reducción a dogmas de fe o institucionalización. La fe sería una experiencia profunda que solamente se podría compartir con otros en función de un sentimiento también profundo; quizás de una fuerte afectividad que logra entrar en sintonía con otras afectividades de un modo muy parecido. Esa sería entonces la base común de la fe entre los humanos: una experiencia común subjetivamente abrumadora compartida en modalidad de fuerte sintonía afectiva. Luego vendría la necesidad de traducción, de representación de tal experiencia común de la fe en forma de aceptación e interpretación de las Sagradas Escrituras, en el caso del cristianismo protestante. Y es ahí donde van surgiendo las diferentes comunidades de interpretación, las diferentes iglesias.