UNO
Nadie puede
captar el pasado en toda su complejidad, en su multidimensionalidad. Recuperar
el pasado es una labor que se complica a medida que nos alejamos en el tiempo. Las
huellas del pasado lejano son las ruinas, los objetos que han quedado, los
documentos de la época; los monumentos con inscripciones; las tradiciones
orales, etc. Pero aun las huellas de ese pasado lejano hay que clasificarlas
en gradación de muy fiables a poco fiables. Hay que estar seguros de la época
de los objetos, de su facilidad para ser interpretados, contrastados y
encajados dentro de un contexto histórico. Cuando nos adentramos en la lectura
de la Biblia (Tanaj) nos metemos en una densa textualidad narrativa que
pretende abarcar milenios: desde la misma creación del mundo hasta la época del
segundo templo. Aun hace siglo y medio era posible aceptar la versión oficial
de un canon de Escritura sagrada revelado/inspirado por Dios y suficiente para
llevarnos hacia nuestra salvación y orientación moral. A pesar de las
dificultades y aparentes contradicciones o discontinuidades dentro del mismo
texto; sin embargo la falta de entendimiento del hombre se compensaba con la
sabiduría infinita de Dios. Lo que hoy no entendíamos lo entenderíamos cuando
estuviéremos en presencia del Señor. Doctores tiene la Iglesia, diría un
católico.Una consecuencia de la Reforma fue la de emancipar o liberar la Biblia de su institucionalización y monopolio interpretativo por parte de una jerarquía eclesiástica que impedía hasta su misma lectura por parte de los creyentes. Esta independencia y libre circulación de la Escritura hizo posible también; y, a medida que pasaba el tiempo, el sometimiento de los textos sagrados al análisis crítico de la razón y la
ciencia. No sólo se afinaron los estudios y cotejamientos filológicos o lingüísticos, sino que también se recurrió a la arqueología, a los métodos cada vez más sofisticados de la crítica histórica, de las disciplinas de la antropología; la datación de objetos, etc. Aun sin cuestionar la lectura desde la fe que incluso algunos de estos investigadores seguían profesando, no había porqué renunciar a la razón. La Biblia, en cuanto documento que reclamaba verdad histórica en aquellos acontecimientos fundacionales del pueblo de Israel, por medio de los pactos/alianzas o convenios y promesas entre Dios y Abraham, más tarde Noé, luego Moisés y por último David; --y, después por el cristianismo--, debía de mostrar su realidad histórica con mayor razón y motivo, siendo verdad Divina.
(CONTINÚA)