Pero eso no
aconteció. Y el tiempo fue pasando y como dice el Cohelet o Eclesiastés, “generación
va y generación viene, más la tierra siempre permanece”. Y entonces, como nada
en este mundo se puede abstraer del juego de poder, pues poco a poco la rama
más numerosa del cristianismo se fue adaptando y desarrollando hasta
constituirse en una iglesia fuerte, ligada al poder imperial. Las versiones primitivas cristianas fueron quedando como sectas heréticas, algunas perseguidas con saña; otras desaparecen y otras vuelven a aparecer en siglos venideros.
constituirse en una iglesia fuerte, ligada al poder imperial. Las versiones primitivas cristianas fueron quedando como sectas heréticas, algunas perseguidas con saña; otras desaparecen y otras vuelven a aparecer en siglos venideros.
En realidad
en aquella época inicial de Jesús y su predicación, la historia ya estaba
agotada y ahora se trataba de esperar la irrupción del reino de Dios en
cualquier instante. Nada de teologías, nada de proyectos terrenales políticos o
religiosos. Se vivía una ética de emergencia, totalmente radical. Todo encajaba
dentro del judaísmo. En realidad era un judaísmo radical.
Si
tuviéramos que reconstruir ese cristianismo inicial de Jesús, tendríamos que siempre-ya vivir en esa siempre-ya sensación de espera inminente
y vivir en el más radical desprendimiento de riquezas, trabajo, familia,
muertos, etc. Seríamos como una tribu extraña en un mundo que nos vería como hippies itinerantes y delirantes
caminando por las calles de las ciudades o en los metros predicando el fin del
mundo y la prontísima venida del Señor. Nada que ver ese cristianismo radical
con el entramado de organizaciones y poderosas iglesias cristianas de hoy día,
con tantas elaboradas teologías y credos o tendencias conservadoras o
progresistas.
Así es el
mundo en que vivimos. Un mundo atrapado en representaciones ya-siempre cambiantes y deslizantes.