Tadeus Recipropakiano Insofortes se puso a pensar un día ocioso que no tenía que ir a trabajar de peón picapedrero en una cantera de mármol por padecer una gripe; y llegó a este pensamiento o reflexión que nadie habría de leer y que posiblemente tiraría a la basura al día siguiente. Así que reflexionó esto que sigue:
Desde el momento en que se pueda realizar una tortura en este mundo, un dios bueno
queda descartado. Quien consiente a un torturador satisfacer su instinto perverso teniendo el poder para pararlo, se hace cómplice de ese malvado. Lo cual quiere decir que es tan malvado como él. Peor todavía quien permite que ese torturador exista o que la misma idea de tortura sea posible. Desde el momento que el mal pueda existir en el mundo con todas sus perversiones, olvidémonos de dioses buenos o justos. Los dioses o el dios singular no son buenos desde el momento que necesitan y consienten el mal para justificarse a ellos mismos y a su creación. De existir son, por definición, dioses perversos. Podríamos hablar entonces de un universo creado por un dios perverso y malo que consiente las guerras, que consiente las torturas, etc. O sea, un perfecto dios inmoral. Las buenas conciencias religiosas no quieren ver esto y entonces atribuyen el mal al hombre y al pecado provocado por el hombre. Triste y penosa solución al problema del mal.
Y sin embargo podemos hablar así porque somos conscientes de que el bien actúa como si fuera una realidad que niega el mal, que lo condena, que lo resiste, que lo denuncia; que expone su perversión. El bien es siempre provisional o circunstancial, mientras el mal tiene siempre la iniciativa, el poder real. El mal es consubstancial al cambio, al tiempo y espacio; a la contingencia de un universo que se nos impone en su múltiples modalidades de mal y de mal disfrazado de bien. El bien, sin embargo, se movería mejor en un limbo de inocencia y pureza más allá de toda materia, de toda creación en tiempo y espacio. El bien sería lo irrepresentable del cielo cristiano. Que es lo mismo que decir que mientras el mundo es lo que es el mal tiene siempre la última palabra; o sea, el mal reina a sus anchas y el bien siempre será una Idea, una Esperanza, un Más Allá.
Y, precisamente, porque existe esa idea y esa esperanza; o mejor dicho, porque existe la posibilidad de pensar el bien aun dentro de la radicalidad absoluta del mal en este universo, es por lo que creemos que la fe en D-ós es un milagro. D-ós es una idea absolutamente trascendente e inexorable que logra trascender incluso la posibilidad de un mal absolutamente perverso que podría utilizar hasta la misma idea del bien como coartada ad infinitum para seguir perpetuándose. El milagro de la fe impide que el mal sea dueño del universo. Pero ese milagro es siempre una posibilidad absolutamente subjetiva: un summum mysterium que hace estallar toda posible racionalidad a la hora de comprenderlo.
Tadeus Recipropakiano leyó de nuevo lo que había escrito. le sonó a pura blasfemia y resentimiento pérfido de picapedrero amargado; quizás fruto de su fiebre griposa; y entonces lo tiró a la basura. Nunca más tendría pensamientos tan perversos y aceptaría su condición de picapedrero mal pagado con grata resignación cristiana. ¿Quién era él para atreverse a tanta blasfemia?
Tadeus Recipropakiano leyó de nuevo lo que había escrito. le sonó a pura blasfemia y resentimiento pérfido de picapedrero amargado; quizás fruto de su fiebre griposa; y entonces lo tiró a la basura. Nunca más tendría pensamientos tan perversos y aceptaría su condición de picapedrero mal pagado con grata resignación cristiana. ¿Quién era él para atreverse a tanta blasfemia?