En otras épocas
en Europa no se concebía a ninguna persona que fuese atea. Se creía que la fe
era inexcusable, incuestionable, algo que obedecía a la naturaleza del humano.
El mundo era algo creado por Dios para sus fines. Por tanto, Dios nos proveía
de normas morales a través de su Iglesia, con las que vivir sin necesidad de
cuestionarlas. La razón quedaba puesta al servicio de la teología por medio de
la escolástica. Se sufría y moría, pero había resurrección y vida eterna para
los buenos o elegidos, y un castigo también eterno en el infierno para los
malos y los perversos. Dios era juez supremo y lo veía todo.
La Iglesia
católica inventó el purgatorio como mecanismo de equilibrio entre el absoluto
terrible sufrimiento del infierno y el cielo. Pagando bulas y ofreciendo misas
y otras penitencias, era posible sacar a algunas almas del purgatorio y
salvarlas. Oportunamente, las arcas del Vaticano se iban llenando. Esta era una
cosmovisión aceptada por todo el mundo de un modo inmanente y convencional.
Salvo muy raras excepciones. Luego vinieron las herejías, la Reforma, el
librepensamiento y comenzaron las fisuras que agrietaron la Iglesia Católica y
luego la misma fe cristiana. El resto del mundo seguía otros caminos muy ajenos
a este despliegue singular de Occidente con su expansión económica y
colonialista.
Todo lo que ha
ido surgiendo después del Renacimiento, la Reforma, la Ilustración, el
cientifismo, las filosofías de tipo hegeliano o fenomenológico; el
posmodernismo, el neomarxismo, el nacionalismo de estado y los nacionalismos
sin estado; todo esto nos lleva, entre otras cosas, a que los derechos humanos
se pueden multiplicar hasta el infinito si queremos. Cualquier aspecto de la
vida podría revelarse como un espacio oprimido que exige redención en forma de
derecho positivo. En Occidente todo está abierto a cualquier relato caprichoso
o creativo (todo depende de cómo se mire). El idealismo no tiene fronteras, no
hay más consenso ético que los derechos humanos, pero tales derechos son
abstracciones racionales sin simbología que despierte almas y corazones para
entregarse a su defensa. Nadie sabe hoy día qué es ser "ser humano",
puede como dijo Foucault, que este invento de individuo humano haya
desaparecido, como han desparecido los grandes relatos.
La producción/consumo
es más potente que nunca pero entra en contínua contradicción con quienes
sufren la confusión del "no sabemos lo que queremos", y se perciben
como fracasados o marginales del trabajo o el no-trabajo (Zero-Work). La
tecnología nos absorbe en su lógica de espacios virtuales y entramos en ellos
servidos (y muchas veces impotentes y desesperados) bajo las voces mecánicas y
maquínicas de inteligencias artificiales. El islam nos ve como infieles
cristianos confusos necesitados de su teocracia. Una izquierda que tampoco sabe
lo que quiere, nos abre a un idealismo suicida basado en la igualdad abstracta
del buenismo que considera a todo anticapitalista o antiamericano-sionista
aliado natural de un futuro de corro de la patata mundial. Creen poder hacer
del islam su aliado una vez aceptado como variedad cultural que ha de ser
respetada y protegida. No me imagino a la teocracia de Irán bailando un corro
de la patata progre. Ni tampoco a Hamás meneándose en un Gay Pride Day.
La derecha fuerte
sigue apostando por el nacionalismo de estado como aglutinador y unificador de
voluntades, pero es difícil hoy día saber exactamente que se quiere decir con
ser español, o ser griego o ser americano. La mística nacionalista pasada
también ha entrado en crisis. Pocos jóvenes hoy día en Europa y Occidente
estarían dispuestos a tirar un tiro en nombre de ninguna patria. Las
identidades, tanto débiles como fuertes, son muy difusas. Hay núcleos duros de
la derecha fuerte que estarían dispuestos a inmolarse por la Patria. Hay
núcleos duros de la izquierda que también se inmolarían en la lucha de clases.
Hay fundamentalismos cristianos también endurecidos. Feminismos y ecologismos
con muy mala leche. Pero todo ello está muy difuso y muy mezclado con una
mayoría indiferente, o una masa conformista que opone mucha inercia. Las voces
duras meten más ruido, pero no logran ser motor de nada más que de más
confusión. Este es un mundo peculiar, parece ser que nadie sabe lo que quiere.
¿Pero es así con China, con el Islam, con Putin, con Corea, India, etc? ¿Tampoco ellos saben lo que quieren?
¿Qué resulta ser
Occidente en un estado de planetarización sin clara identidad de lo que
persigue?
¿No será un poco
tarde ya para invitar a la iglesia católica a que retome la guía moral de las democracias?
Además la iglesia católica tiene su agencia propia de idealismo ingenuo y
confuso que nos despista. ¿Y la ciencia? ¿Y el evangelicalismo protestante? ¿Y
la cultura? ¿Qué cultura? ¿Qué es cultura? ¿Europa? ¿Qué es Europa y adónde va?
¿Queda todavía la
posibilidad de una fe independiente de toda religión, toda ideología u
organización? ¿Una fe profundamente subjetiva y librepensadora fuera del
alcance de intereses concretos?
