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02 octubre, 2015

MILETO DE GUSMASÁN Y LA PURA MATERIALIDAD DE LAS ESCRITURAS

Mileto de Gusmasán leía las Escrituras sabiendo que las palabras en su pura materialidad-- como sonidos y letras desprovistas de significados externos o impuestos-- imprimían en el alma poder divino sin relación alguna con los significados culturales, religiosos, mundanos o de diccionario. El
poder divino de las palabras en su pura materialidad inundaba el alma de algo, un Algo indescifrable, intraducible, indecible, innombrable; pero al mismo tiempo se podían sentir sus efectos: efectos de transformación, de transmutación, de aberturas a visiones extrañas y estáticas; como si toda la creación poseyera un equilibrio absoluto en sí misma. Aunque nada que ver con el significado convencional de las religiones, pues cuando iba leyendo, al mismo tiempo las palabras se iban desnudando de la idolatría acumulada en ellas a través de los significados humanos e interesados, siempre interesados; y el sentido convencional de los sacerdotes o los teólogos se iba desvaneciendo en la pureza material del sonido y de la letra y entonces era en esa pureza donde quedaba instalado lo Divino, D-ós.
Sentía el papel, la materialidad del papel y pronunciaba en voz alta las frases que--como si hubieran sufrido un millón de repeticiones--perdían su valor civilizado o su valor común con los mortales, para adquirir esa magia absolutamente a-significativa; ese silencio puro del Espíritu Divino y entonces se elevaba a dimensiones de extraordinaria nitidez. Había descubierto el secreto de las Escrituras. Había descubierto la llave secreta que abre lo material con lo divino y el gozne que abría tal posibilidad eran las palabras crudas en su pureza material y empírica. He ahí la materialidad de D-ós o la Espiritualidad de la Materia--pensaba Mileto--. He ahí la Transubstantación, la fusión eterna e infinita de materia, del cuerpo con el alma y del alma con el Espíritu de lo Divino. Tan contento estaba que al día siguiente fue a la sinagoga y emocionado se lo comunicó al Rabino Adler. El viejo rabino sonrió y ordenó a Mileto no decir nada a nadie. Absolutamente a nadie. Mileto se quedó absorto y abrumado por la advertencia. ¿Cómo se puede guardar un secreto así? ¿Cuántos han descubierto ya este secreto a lo largo de la historia?
Aquella misma noche el rabino Adler se reunió con los rabinos Alkana y Snyder y juntos dieron gracias al Innombrable por la nueva revelación y por la nueva puerta abierta hacia el Templo del Universo. El Templo que en su día, fuera de nuestro tiempo, inaugurará el Mesías: El Templo de la Pura Palabra y de la Pura Materia.        

08 abril, 2014

OIGA, OIGA, ¿DÓNDE ESTÁN LAS VERDADES INMUTABLES?

En el protestantismo hay una corriente que ve las Escrituras como una fuente de revelación accesible tanto a la razón como al sentimiento. De ello
se desprende que podemos llegar a saber lo necesario o lo que Dios ha dispuesto para nuestra salvación y vida correcta a través de una hermenéutica acertada que todos los creyentes pueden llegar a perfilar; bien por ellos mismos (con la ayuda del Espíritu Santo), o bien a través de creyentes bien formados: teólogos, pastores, maestros, etc. (también guiados por el Espíritu Santo, se supone). En una palabra: es posible la definición de verdades fundamentales que emanan de la Biblia y que por lo tanto son autoevidentes y verdades esenciales incuestionables; en oposición, claro está, a cualquier otra interpretación arriesgada o contingente. En el primer caso, el sujeto-creyente puede adecuarse a su objeto-revelación, o viceversa, el sujeto-revelación puede adecuarse a su objeto-creyente; si no de una manera unívoca, si aproximativa. De ahí que en mucho protestantismo haya recurso a una autoridad externa incuestionable que ha de regular la fe de los creyentes a través de las autoridades eclesiásticas o denominacionales mejor reconocidas por su clara enseñanza y doctrina. O, a veces por la interpretación profética reconocida de algún líder reformador o restaurador o “reavivador” de alguna iglesia ya establecida o fundador de una nueva.
Pero si ponemos en duda la hipotética inspiración del Espíritu Santo de quienes se lo arrogan o se lo arrogan, entonces las verdades autoevidentes y esenciales incuestionables se quedan en interpretaciones reglamentadas y sancionadas por instituciones eclesiásticas, organizaciones establecidas o consensos doctrinales acatados en base a criterios teológicos relativos a situaciones históricas concretas de las iglesias. Lo esencial y autoevidente queda inexorablemente relativizado e historizado y, de ser así, entonces la autoridad externa incuestionable sustentada por el Espíritu Santo, queda así mismo en entredicho y relegada a una interpretación más que ha de competir con otras que le discuten su carisma, poder y privilegio. El texto bíblico queda abierto a nuevas investigaciones y estudios críticos, además de la aproximación devocional o teológica o las dos cosas a la vez en franco diálogo crítico entre la fe y la razón.
Es algo parecido a cuando hablamos de ley natural o divina a la hora de regular sociedades. Las leyes naturales o divinas no ejercen su soberanía más que a través de interpretaciones humanas, lo que nos hace ya pensar que en dichas interpretaciones concretas en tiempo y espacio es donde reside su verdad de hecho (leyes
positivas). No en su condición de abstracción o idealización. Curiosamente, las leyes naturales o divinas en su supuesta eternidad o esencialidad, tienden siempre a traducirse en función de intereses humanos concretos. Las leyes naturales quedan entonces desplazadas a un orden simbólico o metafórico ya que su concreción sólo es posible como leyes positivas; o sea, derivadas de la voluntad humana y aplicadas a una sociedad mutable y contingente. No hay vuelta atrás a un orden externo unívoco e incuestionable. En realidad nunca lo hubo. Es por ello que la apertura hacia Dios es ahora más infinita que nunca; como también la apertura de la Historia a nuevos horizontes inesperados.
 

EL HOMBRE QUE LEÍA A HEGEL AL REVÉS

 Este hombre vivía con una mujer taciturna. Los dos habitaban una cabaña fuera de la ciudad. Vivían de su jubilación de maestros de escuela....