Este hombre vivía con una mujer taciturna. Los dos habitaban una cabaña fuera de la ciudad. Vivían de su jubilación de maestros de escuela. Él había desarrollado una manera de ver la vida muy peculiar.
Cuando llegué
aquel día a la cabaña, su silenciosa mujer nos preparó un café sabroso.
Entonces el hombre me explicó su filosofía.
Antes de exponerosla de un modo breve he de decir que en aquella cabaña sentí la mayor paz que jamás había experimentado. Hacía mucho tiempo que no escuchaba a un hombre hablar de estas cosas. Paso a exponerlas.
Decía el hombre
con la aprobación de la absorta mujer, que en realidad la dialéctica de Hegel
era una desarrollo hacía el mal absoluto. Todo lo que se va purificando y
sublimando no es la razón camino de la libertad, sino todo lo contrario: es la
razón avanzando hacia el mal, la dominación, el cinismo, el mismo reino de
Satanás que ya comienza con la conciencia humana. Nuestro hombre decía que a
Hegel había que leerlo al revés: no era ese cuento de una irracionalidad
alienada hacia una claridad racional y divina, o sea, el Espíritu Absoluto. No.
Todo lo contrario, se trataba del proceso diabólico que odia la inocencia
indiferente, juguetona y anárquica a la cual percibe como "las oscuras
regiones donde nada se revela como fijado, definitivo, y cierto"; un
proyecto que busca la dominación sádica, perfectamente purificada y
racionalizada con el objetivo de instaurar el reino de la Muerte en Vida. Ese
es el Reino de Satán: el mal Absoluto, y Hegel lo explicó mejor que nadie. Solo
tenemos que darle el sentido real a su filosofía.
Cuando nuestro
hombre se dio cuenta del horror de la existencia, según la lectura de Hegel
invertida, los dos se fueron a vivir alejados de la ciudad. No había
escapatoria salvo desvincularse por completo de toda la mentira civilizatoria.
Pero eso era imposible. Entonces comenzaron su vida contemplativa. Su vida en
pura contemplación subvirtiendo el lenguaje de tal forma que expresara la mayor
inocencia posible, la mayor libertad de expresión de las cosas, los animales,
la vida en general. Y así trataban de vivir desde entonces.
A veces volvía a
visitarlos. Y volvía a sentir una paz inaudita. El hombre también pintaba
cuadros de ciudades en permanente oscuridad, de mundos conquistados por el el
Demiurgo o Príncipe del Mal, como solía nombrarlo en otras ocasiones. Mantenían
en invierno el fuego del fogón radiando calor. El calor de una ternura e
inocencia primigenia, profundamente oculta bajo las rocas y el subsuelo. Bajo
los suelos de océanos ocultos a la vista humana.
Repetí estas
visitas por bastante tiempo, hasta que un día vi que la cabaña estaba vacía y
ellos habían desaparecido sin dar señales de su nuevo paradero o de su existir.
Sentí una pena profunda que se convirtió en una nostalgia insaciable.
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