Normalmente asumimos la responsabilidad de nuestros actos. Y si asumimos responsabilidad es porque nuestra voluntad origina sus actos en nuestro ser real irreducible e incondicional. Somos responsables porque en última instancia nuestros actos se anclan en nuestra esencia, y nuestra esencia origina de forma absolutamente libre. El acto "surge de la nada", de un origen fuera de toda posibilidad de condicionante o mediación que lo subordine a otra cosa, a una exterioridad con poder de influenciar. De no ser así, no podemos hablar de responsabilidad individual.
Por lo contrario,
todo lo que hagamos como "individuos" ya es siempre condicionado por
algo que nos influye, que nos distorsiona, que nos media y nos desvía: la
sociedad, la familia, las amistades, la cultura, mi debilidad o congénita, o
mis emociones, o mis pasiones. Factores externos que en última instancia
deciden por mí, en la práctica tienen la última palabra. No hablemos ya del
inconsciente que nos determina y nos sobredetermina sobremanera según el
psicoanálisis o la psicología. Para Freud la consciencia racional era la que
podría reinterpretar tal inconsciente en términos controlables, a disposición
del yo. El yo y la razón en Freud forman lo consciente, pero lo consciente no
se abstrae a la biología, al mundo cultural. La razón en sí es un problema filosófico
insoluble. ¿Es la razón algo que surge del yo como producto biológico,
evolutivo, etc., o es una propiedad ontológica del ser (Hegel)? Pero si es
propiedad del ser ¿cómo llegamos a saberlo sino es por el yo o conciencia nunca
externa al ser, y por lo tanto a la razón? Nunca encontraríamos el sí mismo
transparente incondicionado que nos hiciese libres y responsables de un modo
absoluto. Tan solo la idea de Dios como ente real en sí mismo y creador de sus
criaturas daría soporte a tal responsabilidad y libertad. Un ser individual
libre porque sí. Porque Dios es.
Y de nuevo, si no es así, entonces no existe responsabilidad alguna moral individual salvo como pura ficción para poder dar cuenta de la sociedad sin que esta se desmorone en un caos de anarquía o capricho moral o amoral.
Habría sujetos
responsables por decreto y ley jurídica que establece un nombre propio con
documentación que lo acredita, con una historia biográfica que deja huellas y
testimonios, pero sin que ninguna realidad responsable sea capaz de decir de un
modo absoluto: esto que he hecho ha sido así sin que nadie ni nada me haya
condicionado, me haya forzado a ello. He sido yo por propia voluntad y libertad
quién en última instancia tenía la última absoluta y definitiva palabra para hacerlo.
Los tiempos
actuales son aquellos en que en la civilización occidental ha tomado el caminos
de la absoluta relativización de la moral y los actos en sí, para refugiarse en
mayor o menor grado en condicionantes, en justificaciones, atenuantes, mediaciones
culturales, históricas, científicas, etc. para desvincularse definitivamente
del yo, de la voluntad, de la responsabilidad y así flotar en un mundo de
inmanencia que no nos exige más que lograr nuestra mayor alegría y placer sin
ninguna realidad ontológica con la que arreglar cuentas. En una palabra: sin
Dios.
Pero esta
realización exige un pago: la rendición ante aquel que sí cree y admite la
realidad última en un Dios que juzga y exige obediencia al precio de castigos o
tormentos terribles por un lado, y por otros paraísos de virginales placeres.
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