25 agosto, 2026

BRUNO LATOUR Y LOS SOFISTAS: LA DEMAGOGIA Y LA MENTIRA PARECE QUE NOS SALVAN DE COSAS PEORES

Bruno Latour era un filósofo y sociólogo interesante por sus críticas antiesencialistas y su caja negra que explicaba el funcionamiento de los mecanismos de la ciencia a la hora de obtener conocimiento y resultados. Bruno Latour (1947-2022, Beaune, Borgoña) tenía una visión donde todo eran puras relaciones, disposiciones en planos de inmanencia y redes. En cualquier experimento científico intervienen los instrumentos, la disposición del terreno o laboratorio, los esquemas que priorizan un enfoque y no otro, los intereses concretos de quiénes financian la investigación. A la naturaleza se la hace hablar de muchas formas y no de otras, etc.

Todo esto se podría ampliar más, pero dejo al lector que lo haga él por su cuenta. Todo esto es muy discutible, pero resulta muy interesante, y son interesantísimas sus observaciones con ciertos instrumentos tecnológicos y las relaciones humanas que conllevan.


Lo que me resultó un tanto desagradable de leer en alguno de sus ensayos fue la defensa que hacía de los sofistas griegos. Bruno Latour era además un especialista de la cultura y filosofía griegas, y valoraba más el pragmatismo de los sofistas que la filosofía racionalista platónica o aristotélica. Un filósofo, decía él, no sabe gobernar el mundo, mejor: no puede gobernar el mundo desde sus parámetros de pensamiento. El sofista es el maestro de la oratoria, de la persuasión, del engaño, de la demagogia; cosas moralmente condenables y rechazables por la ética racional o la moral piadosa, pero son ellos quienes realmente conocen cómo funcionan las cosas humanas, y la política es el arte de moverse en los vertederos y sumideros de las masas.

Saber mover a las masas con engaños y sofismas no tiene por qué ser malo, decía Latour, si de esa manera se las encauza y se evita que destruyan la república guiadas por sus deseos ciegos o anárquicos--los estados siempre se fundaron en la profunda desconfianza de la naturaleza humana, y hoy día sigue siendo lo mismo--. Entonces la política se beneficiaba enormemente de los sofistas que se dedicaban a ella con placer y tino. El arte de la manipulación y la mentira por loor a la estabilidad y duración de los gobiernos. Latour creía que un filósofo o un creyente ideólogo solo te podían llevar a la dictadura totalitaria tipo la República de Platón. Los políticos, tan denostados ellos, pues son muy necesarios hoy como ayer y antes de ayer. Son ellos los que impiden la destructividad de las masas cuando pierden el horizonte o la brida que les da sentido. Las artes oratorias del sofista, su retórica persuasiva bien estudiada en sus efectos, son los que nos salvan de que los filósofos, ideólogos, los puros de la moral, nos sometan en sus panópticos: esos infiernos tan transparentes y racionales.

He de decir que Latour me dejó perplejo con estos ensayos. No bromeaba. Era un pragmatismo sin concesiones; y lo curioso de él es que era católico practicante, un fuerte defensor del ecosistema y otras causas buenas, pero esa defensa del demagogo, del sofista tombolero, del trilero político; confieso que me dejó algo depre por unas horas.

¿Será así como él dice, y seremos los que queremos claridad, transparencia, cumplimiento de las promesas y la ley; etc., los que nos equivocamos por pininos, por no querer comprender cómo es una masa humana o masas humanas (Viene bien leer a Elías Canetti en su famoso libro "Masa y Poder")? o ¿seguimos creyendo que los individuos somos buenos y dispuestos a razonar con lógica y pruebas y evidencias antes de lanzarse a obedecer a cualquier caudillo o jefe cantamañanas? El cinismo subyacente de Latour podría ser lo que no queremos decir abiertamente: la gente vota sus intereses, pero sus intereses pueden ser ya espejismos creados con anterioridad, o reflejos inconscientes cuando actuamos como masa; o impulsos de emociones, venganzas, resentimientos; porque la verdad está allí dónde quién la representa sabe ilusionar al modo de un ilusionista o un mago de feria y esa verdad ha de funcionar como símbolo motor de la perpetuación del poder interesado.

Aun así mucho mejor la democracia, según Bruno Latour, con sus imperfecciones sofistas que no el totalitarismo cruel de los filósofos y sus lacayos: los ideólogos de partido, obedientes y cumplidores con el jefe. No le sobra razón.

Es confuso. Uno no acaba de avenirse con la condición humana de la que forma parte. Uno no acaba de ver el progreso de esa forma optimista con lo quieren ver algunos. Demasiado sufrimiento en este mundo, demasiadas decepciones (dentro de alguna alegría o satisfacción, también lo hay que decir), demasiadas monstruosidades apoyadas por aquellos que podrían ser más inteligentes o precavidos y no lo son. Lo peor: no encontrar explicación posible al comportamiento humano, tanto individual como colectivo.

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