Bruno Latour era
un filósofo y sociólogo interesante por sus críticas antiesencialistas y su
caja negra que explicaba el funcionamiento de los mecanismos de la ciencia a la
hora de obtener conocimiento y resultados. Bruno Latour (1947-2022, Beaune,
Borgoña) tenía una visión donde todo eran puras relaciones, disposiciones en
planos de inmanencia y redes. En cualquier experimento científico intervienen
los instrumentos, la disposición del terreno o laboratorio, los esquemas que
priorizan un enfoque y no otro, los intereses concretos de quiénes financian la
investigación. A la naturaleza se la hace hablar de muchas formas y no de
otras, etc.
Todo esto se podría ampliar más, pero dejo al lector que lo haga él por su cuenta. Todo esto es muy discutible, pero resulta muy interesante, y son interesantísimas sus observaciones con ciertos instrumentos tecnológicos y las relaciones humanas que conllevan.
Lo que me resultó
un tanto desagradable de leer en alguno de sus ensayos fue la defensa que hacía
de los sofistas griegos. Bruno Latour era además un especialista de la cultura
y filosofía griegas, y valoraba más el pragmatismo de los sofistas que la
filosofía racionalista platónica o aristotélica. Un filósofo, decía él, no sabe
gobernar el mundo, mejor: no puede gobernar el mundo desde sus parámetros de
pensamiento. El sofista es el maestro de la oratoria, de la persuasión, del
engaño, de la demagogia; cosas moralmente condenables y rechazables por la
ética racional o la moral piadosa, pero son ellos quienes realmente conocen
cómo funcionan las cosas humanas, y la política es el arte de moverse en los
vertederos y sumideros de las masas.
Saber mover a las
masas con engaños y sofismas no tiene por qué ser malo, decía Latour, si de esa
manera se las encauza y se evita que destruyan la república guiadas por sus
deseos ciegos o anárquicos--los estados siempre se fundaron en la profunda
desconfianza de la naturaleza humana, y hoy día sigue siendo lo mismo--.
Entonces la política se beneficiaba enormemente de los sofistas que se
dedicaban a ella con placer y tino. El arte de la manipulación y la mentira por
loor a la estabilidad y duración de los gobiernos. Latour creía que un filósofo
o un creyente ideólogo solo te podían llevar a la dictadura totalitaria tipo la
República de Platón. Los políticos, tan denostados ellos, pues son muy
necesarios hoy como ayer y antes de ayer. Son ellos los que impiden la
destructividad de las masas cuando pierden el horizonte o la brida que les da
sentido. Las artes oratorias del sofista, su retórica persuasiva bien estudiada
en sus efectos, son los que nos salvan de que los filósofos, ideólogos, los
puros de la moral, nos sometan en sus panópticos: esos infiernos tan
transparentes y racionales.
He de decir que
Latour me dejó perplejo con estos ensayos. No bromeaba. Era un pragmatismo sin
concesiones; y lo curioso de él es que era católico practicante, un fuerte
defensor del ecosistema y otras causas buenas, pero esa defensa del demagogo,
del sofista tombolero, del trilero político; confieso que me dejó algo depre
por unas horas.
¿Será así como él
dice, y seremos los que queremos claridad, transparencia, cumplimiento de las
promesas y la ley; etc., los que nos equivocamos por pininos, por no querer
comprender cómo es una masa humana o masas humanas (Viene bien leer a Elías
Canetti en su famoso libro "Masa y Poder")? o ¿seguimos creyendo que
los individuos somos buenos y dispuestos a razonar con lógica y pruebas y
evidencias antes de lanzarse a obedecer a cualquier caudillo o jefe
cantamañanas? El cinismo subyacente de Latour podría ser lo que no queremos
decir abiertamente: la gente vota sus intereses, pero sus intereses pueden ser
ya espejismos creados con anterioridad, o reflejos inconscientes cuando
actuamos como masa; o impulsos de emociones, venganzas, resentimientos; porque
la verdad está allí dónde quién la representa sabe ilusionar al modo de un
ilusionista o un mago de feria y esa verdad ha de funcionar como símbolo motor
de la perpetuación del poder interesado.
Aun así mucho
mejor la democracia, según Bruno Latour, con sus imperfecciones sofistas que no
el totalitarismo cruel de los filósofos y sus lacayos: los ideólogos de
partido, obedientes y cumplidores con el jefe. No le sobra razón.
Es confuso. Uno
no acaba de avenirse con la condición humana de la que forma parte. Uno no
acaba de ver el progreso de esa forma optimista con lo quieren ver algunos.
Demasiado sufrimiento en este mundo, demasiadas decepciones (dentro de alguna
alegría o satisfacción, también lo hay que decir), demasiadas monstruosidades
apoyadas por aquellos que podrían ser más inteligentes o precavidos y no lo
son. Lo peor: no encontrar explicación posible al comportamiento humano, tanto
individual como colectivo.
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