Siempre me llamó la atención que el origen del idealismo alemán fuese un fenómeno que se produjera entre pensadores de raíz y experiencia luterana, sobre todo del seminarios de Tübingen (Hegel, Schelling, Hölderlin). Siendo la experiencia luterana la de una discontinuidad entre el humano y Dios debido a la separación cuasi-ontológica del pecado, y de ahí la necesidad de algo que viene de fuera del hombre: la gracia como único medio de salvarse; es difícil de comprender cómo de tal discontinuidad optan nuestros idealistas por abrazarse a una obsesión de continuidad y de síntesis que abrace a Dios con la misma realidad dislocada.
Efectivamente, la
realidad es incompleta, es indefinida, es cambiante, es discontinua; pero Dios
ha creado esa misma realidad y Dios es perfecto, Espíritu Absoluto, nada puede
sustentarse fuera de Él. Por tanto ha de haber un final feliz en todo este
drama. La especulación idealista de estos filósofos comienza a ser especulación
porque hay un espejo en donde se ha de reflejar el Sujeto creador. Ese es el
sentido de su creación: encarnarse en el mundo, alienarse en sí mismo en su
misma creación para, a través de ella, reconciliarse consigo mismo a través de
la experiencia humana englobada en la razón (razón filosófica). Hay un telos
optimista en todo esto, pues al final hay tal reconciliación a través de la dialéctica
natural y de la historia. Una dura reconciliación que sin embargo da sentido a
nuestra existencia imperfecta. Una imperfección provisional, pero inherente e
inmanente a la misma realidad que va realizando su continuidad hacia el
Absoluto.
Es todo muy
paradójico. Lutero mismo era todo paradoja. La misma tragedia de la separación
entre Dios y el hombre y la creación genera la ansiedad de la reconciliación a
través de una secularización significativa. Este había sido uno de los escollos
del luteranismo: ¿qué hacemos con la sociedad civil? ¿La entregamos al Estado?
¿Qué es el Estado?, etc.
Yo sigo pensando que la discontinuidad es la tragedia de la condición humana, y lo mismo que Kierkegaard pienso que no hay posibilidad de síntesis alguna en esta existencia. Existe el salto de la fe, la aceptación de la gracia como algo externo, fuera de la naturaleza y la metafísica, y vivir simplemente por fe y en la fe.
Kant también era luterano, de él hablaremos en otro momento
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