Si no hay ninguna
razón final que justifique nuestra labor en este mundo, entonces nada tiene
sentido real. Tan bueno es uno como otro. Si algo lo consideramos bueno, lo es
porque convenimos en qué así sea, no porque haya una razón final que lo
justifique como necesario.
Tan solo hay
sentido real si hay Dios que lo sustente de forma trascendente. Y, para llegar
a Dios, no nos sirve la razón, sino la fe.
Conclusión: solo
a través de la fe podemos llegar a Dios, y con Dios ya hay sentido universal y
razón que dé cuenta del universo.
Es más: solo
puede garantizarse un yo responsable, si hay Dios que garantice tal esencia.
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