Me levanté aquella tarde después de mi larga siesta y me di cuenta que si no hacía algo rápidamente llegaría a los sesenta años y, luego, sería la irremediable cuesta abajo hacia la tumba con el cuerpo gastado y arrugado y padeciendo lastimosos dolores, además de verme a la altura del caracol o de la culebra arrastrándome por los suelos de la vida humana todo atrofiado y potencialmente cubierto de llagas y tumores. Así que tenía que hacer algo cuanto antes para atajar el paso del tiempo.
Fui a una farmacia y compré un montón de ungüentos raros, jarabes baratos, pastillas para todo y tubos de cremas antirreumáticas. Cuando llegué a casa mezclé todo en una cacerola, eché agua y lo puse a hervir. Luego eché hierbajos que había traído de Armenia, más unos polvos que me había vendido una vieja bruja china. Fui revolviéndolo hasta que llegó a formarse una papilla color crema marrón. La dejé enfriar y a las doce de la noche en punto y en ayunas tomé mis primeras cucharadas. A la media hora una descomunal diarrea me dejó sin ninguna partícula putrefacta en los intestinos, a la hora una buena vomitona me dejó sin ninguna partícula de alimento en el estómago. A las tres horas una tiritona macanuda me dejó sin ninguna fuerza en el cuerpo. A las cinco horas todos mis orificios corporales sangraban sin piedad. Al día siguiente, de madrugada comencé a sentirme nuevo, fuerte y juvenil. Me miré al espejo y vi que tenía cuarenta años menos. Me vestí con gana y con frescura cantando sin parar. Volví a descubrir que la vida era toda alegría y al asomarme por la ventana todo era belleza y sol radiante.
He conseguido parar el tiempo y hacerlo retroceder a gusto. Voy a escuchar a The Beatles y prepararme para ir al baile. Mañana será domingo y saldré con la pandilla. Nunca más se me ocurrirá llegar a esos sesenta años. ¡Nunca más!
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