Venía de muy lejos. Su mula estaba reseca de sed. Él apenas lograba respirar de agotamiento. En el centro del pueblo estaba el pozo, pero cuando ya mero estaban cerquita del pozo un disparo los dejó quietos. La mula ya conocía las detonaciones mortales y no rechistó. Él ya sabía que entre la vida y la muerte podía haber nada más que un instante. Siguieron quietos y un segundo disparo silbó cerca de sus oídos.
― ¿Qué de la chingada quiere usted? ― dijo él con voz indecisa pero dispuesto a acabar con el misterio.
No hubo respuesta.
Otro disparo se hundió cerca de sus raídas botas. El sol aplastaba sin piedad y el pozo de agua fresca estaba tan solo a unos pocos metros.
― ¿Cuánta lana quiere usted por un traguito mi cuate? ― gritó esta vez.
De repente, delante de él y su mula; apareció una mujer de rasgos indios, posiblemente apache jicarilla, con un rifle de repetición. La india se le quedó mirando con sus ojos negros, vivos y profundos. El rifle apuntaba a su cara.
― Ay, pues, que la chingada, ¿eres tú? ¿Mi chaparrita? No te has olvidado de tu hombre, ya veo. ― La sed lo corroía y no estaba seguro si podría sostenerse en pie un minuto más. La mula echaba espumarajos de rabiosa sed.
La india entonces se acercó a él y con la culata del rifle le dio un golpe seco con todas sus fuerzas en la entrepierna. Él sintió un dolor tan vivo que no tuvo más remedio que desmayarse. La mula seguía quieta.
Y seguidamente la india se fue. Los rayos del sol eran mortales y él estaba allí espatarrado.
La mula decidió, entonces, ir al pozo para que algún niño del pueblo le diera de ver.
Hay odios que nunca se olvidan y esperan los años que sean necesarios.
24 febrero, 2010
NIEVE EN CANON BULL DESERT
Es espectacular cuando nieva en el desierto. Ocurre dos veces cada cien años, pero ocurre. Mark Olsen lograba llegar a Larita Ranch aquel día en que la nieve cubría la desolación de Canon Bull Desert. Su mula estaba casi congelada y casi seguro que la habría de matarla en cualquier momento. En Larita Ranch la gente bebía café y hablaba del futuro de la zona cuando el ferrocarril cruzase el desierto y las praderas del estado. Mark Olsen pidió un güisqui en la cantina y escupió con desagrado en la cubeta. Tenía barba de varios días y olía a demonios. Bebió el güisqui de un trago y de repente descubrió su imagen en el espejo colgado de la pared interior del mostrador. “¡Joder! Cada vez soy más viejo y más pendejo. Es hora de retirarme y buscar una mujer.” Fue en ese momento cuando oyó que alguien le llamaba. Dio la vuelta y vio la figura de Sam Gordon con el pelo cubierto de nieve y con su revólver apuntándole: “¡Hijo de Satanás!” dijo para sí Mark Olsen, “has cruzado el puñetero desierto bajo la nieve para matarme. Llevo media vida huyendo de ti y al final tendremos que enfrentarnos en Larita Ranch.” Nada más de acabar de pensar en ello se dio cuenta que deliraba. Sintió terribles escalofríos que lo lanzaron a pedir más güisqui. Tenía fiebre muy alta. La angustia que sentía era mortal: frío, el frío que le había calado hasta los huesos lo consumía sin piedad.
Despertó en una mullida cama débil y todavía febril. Por la ventana se podía ver un paisaje de hermosura blanca brillando bajo el sol. Bella Martínez seguía poniéndole paños fríos en la frente, pero el corazón de Mark ya sentía calor y fuerzas para seguir viviendo. Bella Martínez no se había olvidado de él y de los pocos momentos en que supo amarla. “Tienes que quedarte por unos días. No puedes irte de nuevo con esta nevada y este frío tan horrible.” Dijo Bella. Mark asintió y su cara pelada sonrió. Sabía que esta vez habría de quedarse para siempre.
(Las crónicas de Mark Murphy a través del Oeste, recopiladas por Vital-ek)
Despertó en una mullida cama débil y todavía febril. Por la ventana se podía ver un paisaje de hermosura blanca brillando bajo el sol. Bella Martínez seguía poniéndole paños fríos en la frente, pero el corazón de Mark ya sentía calor y fuerzas para seguir viviendo. Bella Martínez no se había olvidado de él y de los pocos momentos en que supo amarla. “Tienes que quedarte por unos días. No puedes irte de nuevo con esta nevada y este frío tan horrible.” Dijo Bella. Mark asintió y su cara pelada sonrió. Sabía que esta vez habría de quedarse para siempre.
(Las crónicas de Mark Murphy a través del Oeste, recopiladas por Vital-ek)
NUESTRAS HERMANAS MULETAS
Era evidente que ya estaba acostumbrado a mis muletas. Ya no podía pasar sin ellas. Mi cuerpo se había hecho a las muletas y ellas me lo agradecían. Las muletas ayudan a apoyarse y funcionar cuando los meniscos están triturados, pero hay que seguir unas pautas de vida diferentes; hay que aprender a vivir en cámara lenta, despacio, muy despacio y paso a paso. Nada de prisas porque entonces todo se complica y las cosas te caen y tropiezas y te desequilibras o te das un trastazo y te agotas pronto haciendo esfuerzos brutales e innecesarios. Las muletas son tus ángeles de la guarda, tus hermanas en el infortunio, tus guías espirituales. Físicamente, por suerte, no siempre necesitamos muletas, pero mentalmente sí. Todos, sin excepción, necesitamos muletas mentales. Todos necesitamos un apoyo externo que nos ayude a comprender la vida y darle algún valor. Hay muletas religiosas, filosóficas, e ideológicas. Y todo el mundo las usamos advertida o inadvertidamente. No hay nadie, absolutamente nadie que no tenga un par de muletas mentales listas para cuando venga el vendaval o la crisis, porque en caso de que esas muletas falten entonces la desesperación puede ser trágica. Siempre que necesitamos cierta seguridad en nosotros mismos recurrimos a nuestras hermanas muletas y las valoramos con amor. ¡Gracias muletas! Una vez más me habéis sostenido.
Hoy me levanto de nuevo con mis muletas físicas para aprender a vivir de otra manera más lenta, más tranquila, más humilde. La calle me espera con mis muletas tan chulas.
Hoy me levanto de nuevo con mis muletas físicas para aprender a vivir de otra manera más lenta, más tranquila, más humilde. La calle me espera con mis muletas tan chulas.
LA HERMANDAD DE LOS MULETEROS
El otro día alguien me enviaba un mensaje al móvil diciendo que la Hermandad de Los Muleteros me convocaba a una reunión. Yo quedé un poco estupefacto. Qué narices era esa hermandad o lo que fuere, seguro que era una broma de alguien. Pero el mensaje no venía de ningún amigo de confianza gracioso. Entonces devolví el mensaje preguntando “¿Dónde y cuándo?”. Y hete aquí que a los pocos segundos recibía la respuesta: “A las 10 de la mañana estate enfrente de tu portal, te recogeremos”. Al día siguiente a las 10 de la mañana allí estaba con mis muletas chulas y lustrosas y con sus dispositivos engrasados para cualquier emergencia. Y a las 10 en punto un microbús negro con los cristales ahumados aparcaba enfrente del portal. Una puerta se abrió automáticamente y alguien me invitó a entrar con un saludo amistoso: “Adelante compañero”. Yo entonces , no sin cierta desconfianza, me metí en el bus. Y una vez dentro todo eran personas sonriendo y hablando y tomando un café. Adosadas a las paredes del autobús había portamuletas de varios tipos y tamaños. “Bienvenido a la Hermandad, toma asiento y se te servirá un café. Nuestro viaje durará una media hora”. Me senté y pedí un café a una señora que se desplazaba en unas extrañas muletas de marfil. Me sirvió con suavidad y pronto estábamos ya de camino a la sede oficial de la Hermandad de los Muleteros, según me dijo el compañero que tenía al lado, al cual le faltaban las piernas.
Cuando llegamos las puertas automáticas fueron desplegando rampas y por ellas fuimos bajando todos, una vez puestas las muletas. Las había de madera, de metales brillantes, otras incluso estaban hechas de fibra de titanio, otras estaban sumamente mecanizadas e informatizadas. Otras eran muy altas y tenían como una especie de asiento en su parte superior para sentarse la persona y desde allí manejarlas con unos brazos elásticos, casi biológicos. Otras por lo contrario eran pequeñas, muy diminutas, pero luego desarrollaban tentáculos capaces de agarrase a cualquier superficie y caminar por los sitios más abruptos. Una chica llevaba unas muletas que parecían normales, pero luego si te fijabas bien parecían de mercurio. Las tocabas y el dedo se te hundía. Otro las llevaba al estilo John Silvers en plan pirata. Otros llevaban muletas heavy metal un tanto electrizantes. Otros eran tipo libélula y cuando les tocaban un botón se levantaban como libélulas y se juntaban con las muletas-mariposonas. En fin, aquello era el reino de las muletas y enfrente estaba la mansión o sede de la Hermandad de los Muleteros que consistía en una especie de palacete de dos plantas situado en lo alto de una colina desde se divisaba la ciudad.
Nos invitaron a pasar y era curioso ver las dolencias tan extrañas que padecían los muleteros. Unos eran cojos de nacimiento y sus pies parecían membranas deformadas, otros no tenían piernas pero de vez en cuando sacaban unas raíces-tentáculo de sus muñones para afianzarse a las muletas. Otros tenían piernas descomunales que sobrepasaban sus cabezas y creaban un desajuste con el resto del cuerpo que no les permitía andar con normalidad y por lo tanto necesitaban muletas de línea ondulada hechas de algo así como de mica o cuarzo. Y aun otros tenían las piernas adosadas lateralmente en el cuerpo y con ayuda de unas muletas electromecánicas de mucha complejidad se podían mover con cierta efectividad. Yo era de los pocos menisquíticos que habían reclutado y me conformaba con mis chulas muletas, sencillas pero precisas.
Pronto nos pasaron al salón de actos y describir la formación de filas y asientos y butacas o lo que se quiera llamar llevaría mucho tiempo pues todo era extraño y rompía las normas de la simetría para configurar otro orden proporcional. Un orden que respondía a una sociedad de personas en simbiosis con sus respectivas muletas. Pronto una voz nos dio la bienvenida:
“Hermanos y simpatizantes de nuestra hermandad muletero. Hoy de nuevo nos reunimos para darnos ánimo, para hablar de nuestras experiencias en ese mundo de psicótica normalidad. Para descubrir los secretos de las nuevas técnicas e innovaciones aplicadas a nuestras muletas, para iniciarnos en el misterio de la simbiosis entre la tecnología ortopédica y los tejidos biológicos. Hoy de nuevo oiremos a nuestros líderes y consejeros e ingenieros, para que nos muestren las maravillas de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra Hermandad!!!”
“¡¡¡¡Sí, sí, sí!!!!” gritaron todos levantando sus muletas o haciendo ruido con ellas.
“Pero antes leamos unos párrafos de nuestro Santo Manual” y entonces el presentador de muletas de oro, se puso a leer unos pasajes como si fueran sacados de un libro esotérico a algo así. Aquello me estaba dejando perplejo. Jamás había pensado que mis muletas me llevarían a tan sorprendentes aventuras. Yo era tan sólo una persona con un menisco rancaneante después de una operación, pero muchas de estas personas eran ya casi muletas vivientes a juzgar por sus indescriptibles dolencias o condición. Pronto se comenzó a proyectar una gran muleta sobre una pantalla plana y dicho artefacto pronto cobraba vida y respondía a todo tipo de estímulo y poseer algún día unas muletas así sería como entregar tu alma a poderes tecnológicos tan extraños como inverosímiles. De ella salían apéndices o tentáculos que se adosaban al terreno, y luego había como un cerebro rector o regulador de todo aquello y más bien parecía un ente viviente con conciencia propia.
Todos empezaron a dar hurras y hurras y hurras por que aquel modelo de muleta sería algo más que movilidad, sería también PODER, y la Hermandad de los Muleteros poseía aquel poder. Yo me entusiasmé y comencé a dar también hurras y hurras y pensé en lo grande y poderoso que podríamos llegar a ser la Hermandad de los Muleteros y los misterios que podríamos develar y revelar al mundo y…… En ese momento parecía que me dormía, que empezaba a ser víctima de una sueño, de una alucinación quizás y la visión comenzó a nublárseme y perdí el conocimiento sin más.
Cuando desperté aparecí sentado en el banco del parque de mi barrio con una nota adosada a mis muletas chulas.
“Ya has visto suficiente compañero-simpatizante. Por hoy has visto suficiente y tu entusiasmo ha sido revelador. Pronto te llamaremos para emprender misiones más altas donde tus chulas muletas serán imprescindibles”.
Firmado: La Hermandad de los Muleteros.”
Asombrado por todo aquello y ya casí haciéndose de noche me dirigí a casa en velocidad cero y culebreando las piernas con mi menisco atrofiado.
Vital-ek
Cuando llegamos las puertas automáticas fueron desplegando rampas y por ellas fuimos bajando todos, una vez puestas las muletas. Las había de madera, de metales brillantes, otras incluso estaban hechas de fibra de titanio, otras estaban sumamente mecanizadas e informatizadas. Otras eran muy altas y tenían como una especie de asiento en su parte superior para sentarse la persona y desde allí manejarlas con unos brazos elásticos, casi biológicos. Otras por lo contrario eran pequeñas, muy diminutas, pero luego desarrollaban tentáculos capaces de agarrase a cualquier superficie y caminar por los sitios más abruptos. Una chica llevaba unas muletas que parecían normales, pero luego si te fijabas bien parecían de mercurio. Las tocabas y el dedo se te hundía. Otro las llevaba al estilo John Silvers en plan pirata. Otros llevaban muletas heavy metal un tanto electrizantes. Otros eran tipo libélula y cuando les tocaban un botón se levantaban como libélulas y se juntaban con las muletas-mariposonas. En fin, aquello era el reino de las muletas y enfrente estaba la mansión o sede de la Hermandad de los Muleteros que consistía en una especie de palacete de dos plantas situado en lo alto de una colina desde se divisaba la ciudad.
Nos invitaron a pasar y era curioso ver las dolencias tan extrañas que padecían los muleteros. Unos eran cojos de nacimiento y sus pies parecían membranas deformadas, otros no tenían piernas pero de vez en cuando sacaban unas raíces-tentáculo de sus muñones para afianzarse a las muletas. Otros tenían piernas descomunales que sobrepasaban sus cabezas y creaban un desajuste con el resto del cuerpo que no les permitía andar con normalidad y por lo tanto necesitaban muletas de línea ondulada hechas de algo así como de mica o cuarzo. Y aun otros tenían las piernas adosadas lateralmente en el cuerpo y con ayuda de unas muletas electromecánicas de mucha complejidad se podían mover con cierta efectividad. Yo era de los pocos menisquíticos que habían reclutado y me conformaba con mis chulas muletas, sencillas pero precisas.
Pronto nos pasaron al salón de actos y describir la formación de filas y asientos y butacas o lo que se quiera llamar llevaría mucho tiempo pues todo era extraño y rompía las normas de la simetría para configurar otro orden proporcional. Un orden que respondía a una sociedad de personas en simbiosis con sus respectivas muletas. Pronto una voz nos dio la bienvenida:
“Hermanos y simpatizantes de nuestra hermandad muletero. Hoy de nuevo nos reunimos para darnos ánimo, para hablar de nuestras experiencias en ese mundo de psicótica normalidad. Para descubrir los secretos de las nuevas técnicas e innovaciones aplicadas a nuestras muletas, para iniciarnos en el misterio de la simbiosis entre la tecnología ortopédica y los tejidos biológicos. Hoy de nuevo oiremos a nuestros líderes y consejeros e ingenieros, para que nos muestren las maravillas de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra Hermandad!!!”
“¡¡¡¡Sí, sí, sí!!!!” gritaron todos levantando sus muletas o haciendo ruido con ellas.
“Pero antes leamos unos párrafos de nuestro Santo Manual” y entonces el presentador de muletas de oro, se puso a leer unos pasajes como si fueran sacados de un libro esotérico a algo así. Aquello me estaba dejando perplejo. Jamás había pensado que mis muletas me llevarían a tan sorprendentes aventuras. Yo era tan sólo una persona con un menisco rancaneante después de una operación, pero muchas de estas personas eran ya casi muletas vivientes a juzgar por sus indescriptibles dolencias o condición. Pronto se comenzó a proyectar una gran muleta sobre una pantalla plana y dicho artefacto pronto cobraba vida y respondía a todo tipo de estímulo y poseer algún día unas muletas así sería como entregar tu alma a poderes tecnológicos tan extraños como inverosímiles. De ella salían apéndices o tentáculos que se adosaban al terreno, y luego había como un cerebro rector o regulador de todo aquello y más bien parecía un ente viviente con conciencia propia.
Todos empezaron a dar hurras y hurras y hurras por que aquel modelo de muleta sería algo más que movilidad, sería también PODER, y la Hermandad de los Muleteros poseía aquel poder. Yo me entusiasmé y comencé a dar también hurras y hurras y pensé en lo grande y poderoso que podríamos llegar a ser la Hermandad de los Muleteros y los misterios que podríamos develar y revelar al mundo y…… En ese momento parecía que me dormía, que empezaba a ser víctima de una sueño, de una alucinación quizás y la visión comenzó a nublárseme y perdí el conocimiento sin más.
Cuando desperté aparecí sentado en el banco del parque de mi barrio con una nota adosada a mis muletas chulas.
“Ya has visto suficiente compañero-simpatizante. Por hoy has visto suficiente y tu entusiasmo ha sido revelador. Pronto te llamaremos para emprender misiones más altas donde tus chulas muletas serán imprescindibles”.
Firmado: La Hermandad de los Muleteros.”
Asombrado por todo aquello y ya casí haciéndose de noche me dirigí a casa en velocidad cero y culebreando las piernas con mi menisco atrofiado.
Vital-ek
EL VUELO DE MIS MULETAS
Aquella mañana cuando amanecí el sol me indicaba donde estaba mi horizonte en forma de línea de cordillera de montañas. Descendí penosamente de la cama y me afiancé a mis muletas. Estas se ajustaron a mi cuerpo de modo natural. Ellas y yo ya éramos una sola cosa. Hoy iba a ser un día especial. Habríamos de visitar los rincones más escondidos del municipio. Nuestro mundo sería el municipio. Coloqué el dispositivo X-34-HG en mis muletas y pronto noté que se elevaban solas. Luego fue apretar el botón del propulsor y salir flotando por la ventana sin sentir para nada el dolor de mi menisco derecho que ahora se acolchaba con mis mecanismos amortiguantes. El barrio quedaba debajo como si de una vista de Google earth se tratara. Mis muletas volaban con gracia y soltura y el ruido de las hélices me relajaba. Me dirigía hacia las montañas cercanas dispuesto a explorarlas con tranquilidad. De repente un helicóptero de la policía urbana me instaba con un megáfono a enseñarles la viñeta municipal o permiso de volar. O en su caso el recibo de haber pagado tales impuestos. Daba la casualidad que llevaba conmigo el maletín de emergencia para estos casos con todos los recibos de impuestos al día y la clave informática para que pudieran comprobarlo en caso de posible error. Una vez comprobado el asunto me dejaron seguir volando sin importarles en qué estaba volando. Mis muletas eran tan chulas como respetables. Seguí volando apaciblemente por unos minutos, pero al momento una bandada de pajarracos negros como si fueran cuervos endiablados comenzó a provocarme picoteándome la cabeza y los pies. Por suerte mis muletas iban provistas de un spray asfixiante para casos inesperados y logré que se fueran o al menos se desviaron fuera de mi ruta para luego bajar en tromba hacia un prado con un par de vacas y un burro. ¡¡¡Malditos pajarracos!!!
Por fin fui acercándome a las montañas. Las veía más de cerca. Poco a poco los árboles iban aumentando de tamaño y ya me iba haciendo consciente de la altura a la que estaba viajando. Me entró algo así como de vértigo y quise vomitar. Cómo se me ocurría volar así de esa manera con tan poca seguridad. Entonces di al botón del paracaídas y fui disminuyendo la velocidad a medida que iba descendiendo. Pronto pisaba suelo firme y estaba solo. Puse velocidad cero y deje que mis piernas culebreasen y que los meniscos se quejaran un poco. Seguidamente puse mi vista en clave X-Lo y comencé a dejarme llevar por los detalles y sus encaprichadas dimensiones. Seguía la piedra y luego el palo, más tarde la hoja seca y entonces la hormiga me miraba con cara de pasmo. Miré hacia un lado y vi que algo se movía como si fuese un animalillo inteligente. Efectivamente, algo se movía entre los matorrales y lo hacía de manera deliberada, como guiado por una voluntad juguetona. Por fin asomó la cara y nos quedamos mirando con asombro. “Me dejaz dar voltas con muleta de ti. Tus muleta sonna muy chula”. Jobar! Tenía la cabeza en forma de melón y los ojos de ardilla bonachona. “Jo, tío, qué raro eres” le dije yo con asombro. “Todo depende cómo lo mires”, me respondió al tiempo que salía al descubierto y se me acercaba a ver las muletas. Le atraían las muletas. Seguro que nunca había visto unas muletas más chulas que aquellas. “¿Quieres dar una vuelta con mis muletas?” le dije. “Te dejo”. La criatura entonces se agarró a las muletas. Yo se las solté y entonces empezó a caminar culebreando su cuerpo pequeño que se balanceaba sin control. Sin darse cuenta apretó el botón del Jetta-Zepa y las muletas comenzaron a coger una velocidad demencial imposible de frenar. La criatura se perdió de vista y volví a quedar solo ante el bosque. Dejé que el tiempo pasara observando el paso de una pareja de jabalíes. Más tarde me quedé absorto mirando hacia la nada. Fue un momento en que no había nada. Desperté súbitamente y cogí el mando a distancia de mis muletas. Era hora de volver a casa. Di al botón de retorno y al cabo de unos segundos apareció la criatura de cabeza de melón montado en mis muletas y poco a poco fue descendiendo. Estaba completamente mareado y nada más tomar tierra se escondió en sus mundos misteriosos todo atolondrado y culebreando como una oruga.
Me adapté a las muletas y pronto estaba volando en dirección a casa. Al llegar cerca del cielo del barrio de nuevo el helicóptero de la policía urbana me preguntó por los recibos de mis impuestos y aranceles. Pero ahora ya se habían percatado que mis muletas no estaban homologadas para volar y habría de pagar un canon especial allí mismo en el aire dando mis claves informáticas. Caso contrario tendría que declarar ante la comisión de transportes y hacer una solicitud para obtener permiso. Les di la clave y aterricé en casa. Era la hora de comer.
Vital-ek
Por fin fui acercándome a las montañas. Las veía más de cerca. Poco a poco los árboles iban aumentando de tamaño y ya me iba haciendo consciente de la altura a la que estaba viajando. Me entró algo así como de vértigo y quise vomitar. Cómo se me ocurría volar así de esa manera con tan poca seguridad. Entonces di al botón del paracaídas y fui disminuyendo la velocidad a medida que iba descendiendo. Pronto pisaba suelo firme y estaba solo. Puse velocidad cero y deje que mis piernas culebreasen y que los meniscos se quejaran un poco. Seguidamente puse mi vista en clave X-Lo y comencé a dejarme llevar por los detalles y sus encaprichadas dimensiones. Seguía la piedra y luego el palo, más tarde la hoja seca y entonces la hormiga me miraba con cara de pasmo. Miré hacia un lado y vi que algo se movía como si fuese un animalillo inteligente. Efectivamente, algo se movía entre los matorrales y lo hacía de manera deliberada, como guiado por una voluntad juguetona. Por fin asomó la cara y nos quedamos mirando con asombro. “Me dejaz dar voltas con muleta de ti. Tus muleta sonna muy chula”. Jobar! Tenía la cabeza en forma de melón y los ojos de ardilla bonachona. “Jo, tío, qué raro eres” le dije yo con asombro. “Todo depende cómo lo mires”, me respondió al tiempo que salía al descubierto y se me acercaba a ver las muletas. Le atraían las muletas. Seguro que nunca había visto unas muletas más chulas que aquellas. “¿Quieres dar una vuelta con mis muletas?” le dije. “Te dejo”. La criatura entonces se agarró a las muletas. Yo se las solté y entonces empezó a caminar culebreando su cuerpo pequeño que se balanceaba sin control. Sin darse cuenta apretó el botón del Jetta-Zepa y las muletas comenzaron a coger una velocidad demencial imposible de frenar. La criatura se perdió de vista y volví a quedar solo ante el bosque. Dejé que el tiempo pasara observando el paso de una pareja de jabalíes. Más tarde me quedé absorto mirando hacia la nada. Fue un momento en que no había nada. Desperté súbitamente y cogí el mando a distancia de mis muletas. Era hora de volver a casa. Di al botón de retorno y al cabo de unos segundos apareció la criatura de cabeza de melón montado en mis muletas y poco a poco fue descendiendo. Estaba completamente mareado y nada más tomar tierra se escondió en sus mundos misteriosos todo atolondrado y culebreando como una oruga.
Me adapté a las muletas y pronto estaba volando en dirección a casa. Al llegar cerca del cielo del barrio de nuevo el helicóptero de la policía urbana me preguntó por los recibos de mis impuestos y aranceles. Pero ahora ya se habían percatado que mis muletas no estaban homologadas para volar y habría de pagar un canon especial allí mismo en el aire dando mis claves informáticas. Caso contrario tendría que declarar ante la comisión de transportes y hacer una solicitud para obtener permiso. Les di la clave y aterricé en casa. Era la hora de comer.
Vital-ek
EL ATAQUE MUDAYÍN Y MIS MULETAS
Volví a salir de casa con mis muletas brillantes y lustrosas después de una limpieza tan exhaustiva como meticulosa. Mis muletas eran el orgullo del barrio. Tiré para el parque bajo el sonido del tic tac tic tac tic tac tic tac muletero y mis piernas bailoteando. Mi menisco derecho estaba hecho polvo y entonces se me ocurrió colocar unos reguladores hidráulicos en las muletas para mantener mis meniscos en perfecto balance. Una pequeña pantalla de ordenador adaptada a mi reloj me permitía controlar la presión en caso de desajuste. En caso de dolor las muletas automáticamente se elevaban y me dejaban la pierna en ligero y justo contacto con el suelo. Seguidamente una especie de mano artificial salía por un orificio del tubo de la muleta y comenzaba a darme masajes por la rodilla y la pantorrilla. Todo estaba previsto.
Una vez en el parque los chiquillos se arremolinaban alrededor mío pidiéndome que les dejara montar en mis muletas. “Vaya muletas más chulas que tiene este señor” decían. “Mola un güevo dar una vuelta en ellas”, repetían. Pero aquella mañana empezaron a sonar las sirenas de alarma del parque. Algo gordo estaba sucediendo para que sonasen las sirenas. De repente vi que empezábamos a ser atacados por los mudayines del barrio mahometano, pues al parecer la tregua entre ellos y nosotros se había extinguido después de varios meses de paz controlada y vigilada. Llevaban palos y piedras, pero algunos también llevaban su kalashnikov y bastantes piezas de mortero. Unos gritaban Salam Aalikum, que quiere decir “Paz para vosotros” y otros se limitaban a tocar trompetas para asustarnos. Yo entonces apreté el botón del propulsión de mis muletas y al segundo mi dispositivo de hélices se hicieron al vuelo rasante. Comencé a dar vueltas por el parque a la estrepitosa velocidad de un trueno medio loco. Cada vez que alcanzaba la cabeza de un mahometano le retorcía las narices y luego, antes de que reaccionase, me relanzaba a otra zona del parque a salvar a algún niño con su madre que huían espantados. Mi velocidad era lo suficientemente demencial para que los mudayines empezaran a tener miedo. Los morteros empezaron a disparar sus pepinos con dirección asistida, pero mis muletas llevaban un dispositivo de cambio de temperatura que despistaba los cohetes y los hacía volver a su destino. ¡¡Pummm! ¡¡Pammm!! y hacían unos cráteres de varios metros de diámetro. Rattatatatatata!!! hacían los kalashnikov en mi dirección. Pero mi velocidad ahora estaba programada para ser lo más errática posible y entonces las balas acababan en cualquier sitio menos en mi.
Pronto vi que los mahometanos se iban retirando sin lograr sus objetivos de amedrentarnos para que cerráramos los bares donde se sirve vino y o que prohibiéramos la venta de jamón y las chuletas de cerdo en el Alimerka del barrio. Tampoco cederíamos en dividir las piscinas municipales en zona de mujeres y hombres. Ni menos que nuestras hijas pusieran pañuelo o dejasen de bailar en las discotecas. Se iban retirando con miedo cuando de repente vi que llegaban las brigadas dialogantes de la Alianza de Civilizaciones con sus chicos y chicas majas y tolerantes y con sus banderas blancas me hicieron señas para que parase y apagase los dispositivos de mis muletas. “¡¡Mecagon-la!!” me dije para mí. “Otra vez estos mequetrefes con sus monsergas de cuentos de hadas”. Me dijeron que me acercara y que esperase. Pronto montaron allí su tienda de campaña con una bandera de la paz y la imagen de Barth Simpson. Los mudayines mahometanos ya se iban acercando a la tienda con sonrisas de oreja a oreja. En la mesa de campaña había hamburguesas de pavo y ganso y coca cola que pronto fueron desapareciendo ante la comprensión y deseos de amistad de las brigadas de la paz. “Sr. Tal-ek, es la segunda vez que le vemos provocar a sus vecinos con esas muletas tan militaristas. Usted no sabe respetar la diferencia y se ensaña contra ellos cuando tratan de manifestarse pacíficamente. Ahora mismo hemos de negociar la paz, hemos de poner nuestras diferencias en perspectiva y saber ceder como ciudadanos democráticos”. “Sí, sí”, dijeron los mudayines masticando las hamburguesas y poniendo cara de ovejas mansas. Yo iba a decirles a las brigadas que tan sólo estaba defendiendo el parque de unas agresiones brutales a manos de gente intolerante, pero eso solo me sirvió para recibir una amonestación en forma de sermón humanista de libro. Si seguía justificando mis fobias racistas podría acabar sin mi jubilación anticipada. Ante tal amenaza, pedí perdón a mis compañeros o hermanos mahometanos por mi desgraciada actuación y poniendo mis muletas en velocidad cero me fui de allí culebreando mis piernas con mis meniscos atascados. Pronto el parque era un campo de juego mudayín
segregado para hombres.
Vital-ek
Una vez en el parque los chiquillos se arremolinaban alrededor mío pidiéndome que les dejara montar en mis muletas. “Vaya muletas más chulas que tiene este señor” decían. “Mola un güevo dar una vuelta en ellas”, repetían. Pero aquella mañana empezaron a sonar las sirenas de alarma del parque. Algo gordo estaba sucediendo para que sonasen las sirenas. De repente vi que empezábamos a ser atacados por los mudayines del barrio mahometano, pues al parecer la tregua entre ellos y nosotros se había extinguido después de varios meses de paz controlada y vigilada. Llevaban palos y piedras, pero algunos también llevaban su kalashnikov y bastantes piezas de mortero. Unos gritaban Salam Aalikum, que quiere decir “Paz para vosotros” y otros se limitaban a tocar trompetas para asustarnos. Yo entonces apreté el botón del propulsión de mis muletas y al segundo mi dispositivo de hélices se hicieron al vuelo rasante. Comencé a dar vueltas por el parque a la estrepitosa velocidad de un trueno medio loco. Cada vez que alcanzaba la cabeza de un mahometano le retorcía las narices y luego, antes de que reaccionase, me relanzaba a otra zona del parque a salvar a algún niño con su madre que huían espantados. Mi velocidad era lo suficientemente demencial para que los mudayines empezaran a tener miedo. Los morteros empezaron a disparar sus pepinos con dirección asistida, pero mis muletas llevaban un dispositivo de cambio de temperatura que despistaba los cohetes y los hacía volver a su destino. ¡¡Pummm! ¡¡Pammm!! y hacían unos cráteres de varios metros de diámetro. Rattatatatatata!!! hacían los kalashnikov en mi dirección. Pero mi velocidad ahora estaba programada para ser lo más errática posible y entonces las balas acababan en cualquier sitio menos en mi.
Pronto vi que los mahometanos se iban retirando sin lograr sus objetivos de amedrentarnos para que cerráramos los bares donde se sirve vino y o que prohibiéramos la venta de jamón y las chuletas de cerdo en el Alimerka del barrio. Tampoco cederíamos en dividir las piscinas municipales en zona de mujeres y hombres. Ni menos que nuestras hijas pusieran pañuelo o dejasen de bailar en las discotecas. Se iban retirando con miedo cuando de repente vi que llegaban las brigadas dialogantes de la Alianza de Civilizaciones con sus chicos y chicas majas y tolerantes y con sus banderas blancas me hicieron señas para que parase y apagase los dispositivos de mis muletas. “¡¡Mecagon-la!!” me dije para mí. “Otra vez estos mequetrefes con sus monsergas de cuentos de hadas”. Me dijeron que me acercara y que esperase. Pronto montaron allí su tienda de campaña con una bandera de la paz y la imagen de Barth Simpson. Los mudayines mahometanos ya se iban acercando a la tienda con sonrisas de oreja a oreja. En la mesa de campaña había hamburguesas de pavo y ganso y coca cola que pronto fueron desapareciendo ante la comprensión y deseos de amistad de las brigadas de la paz. “Sr. Tal-ek, es la segunda vez que le vemos provocar a sus vecinos con esas muletas tan militaristas. Usted no sabe respetar la diferencia y se ensaña contra ellos cuando tratan de manifestarse pacíficamente. Ahora mismo hemos de negociar la paz, hemos de poner nuestras diferencias en perspectiva y saber ceder como ciudadanos democráticos”. “Sí, sí”, dijeron los mudayines masticando las hamburguesas y poniendo cara de ovejas mansas. Yo iba a decirles a las brigadas que tan sólo estaba defendiendo el parque de unas agresiones brutales a manos de gente intolerante, pero eso solo me sirvió para recibir una amonestación en forma de sermón humanista de libro. Si seguía justificando mis fobias racistas podría acabar sin mi jubilación anticipada. Ante tal amenaza, pedí perdón a mis compañeros o hermanos mahometanos por mi desgraciada actuación y poniendo mis muletas en velocidad cero me fui de allí culebreando mis piernas con mis meniscos atascados. Pronto el parque era un campo de juego mudayín
segregado para hombres.
Vital-ek
LAS MULETAS (I)
Me levanté cogí mis muletas y bajé al portal. Allí estaban dos delincuentes tratando de robar en mi buzón. A uno le pequé tal muletazo que salió corriendo con un chichón de tres centímetros y medio. El otro se me puso farruco y me quería pegar un puñetazo en la nariz. Puse la otra muleta en forma de lanza y el susodicho notó la presión del taco de goma como si de un proyectil se tratara. Salió restallando fósforo del portal. Entonces me pregunté ¿qué coño estaban intentando robar? Abrí el buzón y vi que dentro había un pergamino dirigido a mí. Lo abrí y leí: “Hay una sorpresa para ti en el bar de la esquina. Vete aunque tengas que poner un motor hidráulico en esas muletas tan chulas que llevas”. Firmado: Uno. Ajusté entonces mis muletas y fui balanceándome en línea recta hacia el bar de la esquina. Pero al llegar a mitad de camino unos gamberretes del barrio se fueron acercando a mí con porras y bates de béisbol. “Danos esas muletas tan chulas o te machacaremos a golpes sin piedad”. Yo entonces me puse contra la pared a la defensiva. Mis rodillas menisquíticas parecían pivotes de hierro oxidado. Cuando el primer mozalbete intentó romperme la cabeza fue tal el muletazo que le cayó en la entrepierna que rompió a llorar desconsolado rodando cuesta abajo por la acera. El siguiente se abalanzó a mí como si fuera Tarzán directo a mis averiados meniscos. De haberse producido el golpe certero todavía estaría sintiendo los fogonazos atroces de dolor multiplicándose como estrellas y galaxias sin fin. Pero no fue así, mi otra muleta rápidamente entró en acción y la empuñadura entró por la boca del menor protegido por la Ley rompiendo dientes a diestro y siniestro. “Ze lo voy a dezi a mi mami pa que el juezz te meta en chirolaa”, me dijo al tiempo que huía. Los otros dos que quedaban me amenazaron con palabras de grueso calibre y amenazas tártaras de cortarme el cuello y robarme las muletas otro día.
Por fin llegué al bar de la esquina con el pergamino en la mano. En el bar todos estaban viendo el coñazo televisivo de una tal Belén Esteban. Tenía que apartar la gente para que me dejara pasar porque todo el mundo seguía el espectáculo de esa Belén y nadie me prestaba atención. Entonces con mis muletas empecé a dar golpes sobre el mostrador con rabia y alevosía, pero como nadie me seguía haciendo caso decidí barrer el mostrador con la muleta derecha haciendo caer todos los vinos y cañas al suelo. El estrépito entonces logró despertar al personal del hechizo de la Belén esa. “Oiga, oiga, qué hace con esa muleta” yo entonces abrí el pergamino y pregunté: “¿Quién quiere darme la sorpresa?” pregunté.
Entonces un señor bajito con bigote y un traje que le quedaba muy grande, me dijo: “Señor, no se irrite tanto. Todos estamos aquí a recibir la sorpresa y todos estamos esperando tal sorpresa. Siéntese y tómese un vino o una caña y espere. Algún día llegará la sorpresa”. Todos se pusieron a reír y siguieron mirando el programa de la coñazo Belén Esteban. La tentación me entró de hacer con mis muletas un par de hélices y causar el mayor estrago posible en el bar de la esquina, pero me contuve, pedí una caña con cacahuetes y me puse a ver también el coñazo de la Belén Esteban con resignación africana.
Vital-ek
Por fin llegué al bar de la esquina con el pergamino en la mano. En el bar todos estaban viendo el coñazo televisivo de una tal Belén Esteban. Tenía que apartar la gente para que me dejara pasar porque todo el mundo seguía el espectáculo de esa Belén y nadie me prestaba atención. Entonces con mis muletas empecé a dar golpes sobre el mostrador con rabia y alevosía, pero como nadie me seguía haciendo caso decidí barrer el mostrador con la muleta derecha haciendo caer todos los vinos y cañas al suelo. El estrépito entonces logró despertar al personal del hechizo de la Belén esa. “Oiga, oiga, qué hace con esa muleta” yo entonces abrí el pergamino y pregunté: “¿Quién quiere darme la sorpresa?” pregunté.
Entonces un señor bajito con bigote y un traje que le quedaba muy grande, me dijo: “Señor, no se irrite tanto. Todos estamos aquí a recibir la sorpresa y todos estamos esperando tal sorpresa. Siéntese y tómese un vino o una caña y espere. Algún día llegará la sorpresa”. Todos se pusieron a reír y siguieron mirando el programa de la coñazo Belén Esteban. La tentación me entró de hacer con mis muletas un par de hélices y causar el mayor estrago posible en el bar de la esquina, pero me contuve, pedí una caña con cacahuetes y me puse a ver también el coñazo de la Belén Esteban con resignación africana.
Vital-ek
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
EL HOMBRE QUE LEÍA A HEGEL AL REVÉS
Este hombre vivía con una mujer taciturna. Los dos habitaban una cabaña fuera de la ciudad. Vivían de su jubilación de maestros de escuela....
-
Con motivo de la polémica suscitada en el epígrafe sobre ¿Qué es Ser Judío?, el Sr. Cuetu, asiduo vistante y colaborador...
-
Hace calor. Me recuerda a mi infancia madrileña. Las afueras de Madrid parecían zonas desérticas, muy secas. Madrid quizás esté situado en u...
-
Yo, la verdad, cambiaría el himno y la bandera española por otro himno con letra y otra bandera. Los colores rojo y amarillo me resultan u...