24 febrero, 2010

LA HERMANDAD DE LOS MULETEROS

El otro día alguien me enviaba un mensaje al móvil diciendo que la Hermandad de Los Muleteros me convocaba a una reunión. Yo quedé un poco estupefacto. Qué narices era esa hermandad o lo que fuere, seguro que era una broma de alguien. Pero el mensaje no venía de ningún amigo de confianza gracioso. Entonces devolví el mensaje preguntando “¿Dónde y cuándo?”. Y hete aquí que a los pocos segundos recibía la respuesta: “A las 10 de la mañana estate enfrente de tu portal, te recogeremos”. Al día siguiente a las 10 de la mañana allí estaba con mis muletas chulas y lustrosas y con sus dispositivos engrasados para cualquier emergencia. Y a las 10 en punto un microbús negro con los cristales ahumados aparcaba enfrente del portal. Una puerta se abrió automáticamente y alguien me invitó a entrar con un saludo amistoso: “Adelante compañero”. Yo entonces , no sin cierta desconfianza, me metí en el bus. Y una vez dentro todo eran personas sonriendo y hablando y tomando un café. Adosadas a las paredes del autobús había portamuletas de varios tipos y tamaños. “Bienvenido a la Hermandad, toma asiento y se te servirá un café. Nuestro viaje durará una media hora”. Me senté y pedí un café a una señora que se desplazaba en unas extrañas muletas de marfil. Me sirvió con suavidad y pronto estábamos ya de camino a la sede oficial de la Hermandad de los Muleteros, según me dijo el compañero que tenía al lado, al cual le faltaban las piernas.

Cuando llegamos las puertas automáticas fueron desplegando rampas y por ellas fuimos bajando todos, una vez puestas las muletas. Las había de madera, de metales brillantes, otras incluso estaban hechas de fibra de titanio, otras estaban sumamente mecanizadas e informatizadas. Otras eran muy altas y tenían como una especie de asiento en su parte superior para sentarse la persona y desde allí manejarlas con unos brazos elásticos, casi biológicos. Otras por lo contrario eran pequeñas, muy diminutas, pero luego desarrollaban tentáculos capaces de agarrase a cualquier superficie y caminar por los sitios más abruptos. Una chica llevaba unas muletas que parecían normales, pero luego si te fijabas bien parecían de mercurio. Las tocabas y el dedo se te hundía. Otro las llevaba al estilo John Silvers en plan pirata. Otros llevaban muletas heavy metal un tanto electrizantes. Otros eran tipo libélula y cuando les tocaban un botón se levantaban como libélulas y se juntaban con las muletas-mariposonas. En fin, aquello era el reino de las muletas y enfrente estaba la mansión o sede de la Hermandad de los Muleteros que consistía en una especie de palacete de dos plantas situado en lo alto de una colina desde se divisaba la ciudad.

Nos invitaron a pasar y era curioso ver las dolencias tan extrañas que padecían los muleteros. Unos eran cojos de nacimiento y sus pies parecían membranas deformadas, otros no tenían piernas pero de vez en cuando sacaban unas raíces-tentáculo de sus muñones para afianzarse a las muletas. Otros tenían piernas descomunales que sobrepasaban sus cabezas y creaban un desajuste con el resto del cuerpo que no les permitía andar con normalidad y por lo tanto necesitaban muletas de línea ondulada hechas de algo así como de mica o cuarzo. Y aun otros tenían las piernas adosadas lateralmente en el cuerpo y con ayuda de unas muletas electromecánicas de mucha complejidad se podían mover con cierta efectividad. Yo era de los pocos menisquíticos que habían reclutado y me conformaba con mis chulas muletas, sencillas pero precisas.

Pronto nos pasaron al salón de actos y describir la formación de filas y asientos y butacas o lo que se quiera llamar llevaría mucho tiempo pues todo era extraño y rompía las normas de la simetría para configurar otro orden proporcional. Un orden que respondía a una sociedad de personas en simbiosis con sus respectivas muletas. Pronto una voz nos dio la bienvenida:

“Hermanos y simpatizantes de nuestra hermandad muletero. Hoy de nuevo nos reunimos para darnos ánimo, para hablar de nuestras experiencias en ese mundo de psicótica normalidad. Para descubrir los secretos de las nuevas técnicas e innovaciones aplicadas a nuestras muletas, para iniciarnos en el misterio de la simbiosis entre la tecnología ortopédica y los tejidos biológicos. Hoy de nuevo oiremos a nuestros líderes y consejeros e ingenieros, para que nos muestren las maravillas de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra Hermandad!!!”

“¡¡¡¡Sí, sí, sí!!!!” gritaron todos levantando sus muletas o haciendo ruido con ellas.

“Pero antes leamos unos párrafos de nuestro Santo Manual” y entonces el presentador de muletas de oro, se puso a leer unos pasajes como si fueran sacados de un libro esotérico a algo así. Aquello me estaba dejando perplejo. Jamás había pensado que mis muletas me llevarían a tan sorprendentes aventuras. Yo era tan sólo una persona con un menisco rancaneante después de una operación, pero muchas de estas personas eran ya casi muletas vivientes a juzgar por sus indescriptibles dolencias o condición. Pronto se comenzó a proyectar una gran muleta sobre una pantalla plana y dicho artefacto pronto cobraba vida y respondía a todo tipo de estímulo y poseer algún día unas muletas así sería como entregar tu alma a poderes tecnológicos tan extraños como inverosímiles. De ella salían apéndices o tentáculos que se adosaban al terreno, y luego había como un cerebro rector o regulador de todo aquello y más bien parecía un ente viviente con conciencia propia.

Todos empezaron a dar hurras y hurras y hurras por que aquel modelo de muleta sería algo más que movilidad, sería también PODER, y la Hermandad de los Muleteros poseía aquel poder. Yo me entusiasmé y comencé a dar también hurras y hurras y pensé en lo grande y poderoso que podríamos llegar a ser la Hermandad de los Muleteros y los misterios que podríamos develar y revelar al mundo y…… En ese momento parecía que me dormía, que empezaba a ser víctima de una sueño, de una alucinación quizás y la visión comenzó a nublárseme y perdí el conocimiento sin más.

Cuando desperté aparecí sentado en el banco del parque de mi barrio con una nota adosada a mis muletas chulas.

“Ya has visto suficiente compañero-simpatizante. Por hoy has visto suficiente y tu entusiasmo ha sido revelador. Pronto te llamaremos para emprender misiones más altas donde tus chulas muletas serán imprescindibles”.

Firmado: La Hermandad de los Muleteros.”

Asombrado por todo aquello y ya casí haciéndose de noche me dirigí a casa en velocidad cero y culebreando las piernas con mi menisco atrofiado.

Vital-ek

EL VUELO DE MIS MULETAS

Aquella mañana cuando amanecí el sol me indicaba donde estaba mi horizonte en forma de línea de cordillera de montañas. Descendí penosamente de la cama y me afiancé a mis muletas. Estas se ajustaron a mi cuerpo de modo natural. Ellas y yo ya éramos una sola cosa. Hoy iba a ser un día especial. Habríamos de visitar los rincones más escondidos del municipio. Nuestro mundo sería el municipio. Coloqué el dispositivo X-34-HG en mis muletas y pronto noté que se elevaban solas. Luego fue apretar el botón del propulsor y salir flotando por la ventana sin sentir para nada el dolor de mi menisco derecho que ahora se acolchaba con mis mecanismos amortiguantes. El barrio quedaba debajo como si de una vista de Google earth se tratara. Mis muletas volaban con gracia y soltura y el ruido de las hélices me relajaba. Me dirigía hacia las montañas cercanas dispuesto a explorarlas con tranquilidad. De repente un helicóptero de la policía urbana me instaba con un megáfono a enseñarles la viñeta municipal o permiso de volar. O en su caso el recibo de haber pagado tales impuestos. Daba la casualidad que llevaba conmigo el maletín de emergencia para estos casos con todos los recibos de impuestos al día y la clave informática para que pudieran comprobarlo en caso de posible error. Una vez comprobado el asunto me dejaron seguir volando sin importarles en qué estaba volando. Mis muletas eran tan chulas como respetables. Seguí volando apaciblemente por unos minutos, pero al momento una bandada de pajarracos negros como si fueran cuervos endiablados comenzó a provocarme picoteándome la cabeza y los pies. Por suerte mis muletas iban provistas de un spray asfixiante para casos inesperados y logré que se fueran o al menos se desviaron fuera de mi ruta para luego bajar en tromba hacia un prado con un par de vacas y un burro. ¡¡¡Malditos pajarracos!!!

Por fin fui acercándome a las montañas. Las veía más de cerca. Poco a poco los árboles iban aumentando de tamaño y ya me iba haciendo consciente de la altura a la que estaba viajando. Me entró algo así como de vértigo y quise vomitar. Cómo se me ocurría volar así de esa manera con tan poca seguridad. Entonces di al botón del paracaídas y fui disminuyendo la velocidad a medida que iba descendiendo. Pronto pisaba suelo firme y estaba solo. Puse velocidad cero y deje que mis piernas culebreasen y que los meniscos se quejaran un poco. Seguidamente puse mi vista en clave X-Lo y comencé a dejarme llevar por los detalles y sus encaprichadas dimensiones. Seguía la piedra y luego el palo, más tarde la hoja seca y entonces la hormiga me miraba con cara de pasmo. Miré hacia un lado y vi que algo se movía como si fuese un animalillo inteligente. Efectivamente, algo se movía entre los matorrales y lo hacía de manera deliberada, como guiado por una voluntad juguetona. Por fin asomó la cara y nos quedamos mirando con asombro. “Me dejaz dar voltas con muleta de ti. Tus muleta sonna muy chula”. Jobar! Tenía la cabeza en forma de melón y los ojos de ardilla bonachona. “Jo, tío, qué raro eres” le dije yo con asombro. “Todo depende cómo lo mires”, me respondió al tiempo que salía al descubierto y se me acercaba a ver las muletas. Le atraían las muletas. Seguro que nunca había visto unas muletas más chulas que aquellas. “¿Quieres dar una vuelta con mis muletas?” le dije. “Te dejo”. La criatura entonces se agarró a las muletas. Yo se las solté y entonces empezó a caminar culebreando su cuerpo pequeño que se balanceaba sin control. Sin darse cuenta apretó el botón del Jetta-Zepa y las muletas comenzaron a coger una velocidad demencial imposible de frenar. La criatura se perdió de vista y volví a quedar solo ante el bosque. Dejé que el tiempo pasara observando el paso de una pareja de jabalíes. Más tarde me quedé absorto mirando hacia la nada. Fue un momento en que no había nada. Desperté súbitamente y cogí el mando a distancia de mis muletas. Era hora de volver a casa. Di al botón de retorno y al cabo de unos segundos apareció la criatura de cabeza de melón montado en mis muletas y poco a poco fue descendiendo. Estaba completamente mareado y nada más tomar tierra se escondió en sus mundos misteriosos todo atolondrado y culebreando como una oruga.

Me adapté a las muletas y pronto estaba volando en dirección a casa. Al llegar cerca del cielo del barrio de nuevo el helicóptero de la policía urbana me preguntó por los recibos de mis impuestos y aranceles. Pero ahora ya se habían percatado que mis muletas no estaban homologadas para volar y habría de pagar un canon especial allí mismo en el aire dando mis claves informáticas. Caso contrario tendría que declarar ante la comisión de transportes y hacer una solicitud para obtener permiso. Les di la clave y aterricé en casa. Era la hora de comer.

Vital-ek

EL ATAQUE MUDAYÍN Y MIS MULETAS

Volví a salir de casa con mis muletas brillantes y lustrosas después de una limpieza tan exhaustiva como meticulosa. Mis muletas eran el orgullo del barrio. Tiré para el parque bajo el sonido del tic tac tic tac tic tac tic tac muletero y mis piernas bailoteando. Mi menisco derecho estaba hecho polvo y entonces se me ocurrió colocar unos reguladores hidráulicos en las muletas para mantener mis meniscos en perfecto balance. Una pequeña pantalla de ordenador adaptada a mi reloj me permitía controlar la presión en caso de desajuste. En caso de dolor las muletas automáticamente se elevaban y me dejaban la pierna en ligero y justo contacto con el suelo. Seguidamente una especie de mano artificial salía por un orificio del tubo de la muleta y comenzaba a darme masajes por la rodilla y la pantorrilla. Todo estaba previsto.

Una vez en el parque los chiquillos se arremolinaban alrededor mío pidiéndome que les dejara montar en mis muletas. “Vaya muletas más chulas que tiene este señor” decían. “Mola un güevo dar una vuelta en ellas”, repetían. Pero aquella mañana empezaron a sonar las sirenas de alarma del parque. Algo gordo estaba sucediendo para que sonasen las sirenas. De repente vi que empezábamos a ser atacados por los mudayines del barrio mahometano, pues al parecer la tregua entre ellos y nosotros se había extinguido después de varios meses de paz controlada y vigilada. Llevaban palos y piedras, pero algunos también llevaban su kalashnikov y bastantes piezas de mortero. Unos gritaban Salam Aalikum, que quiere decir “Paz para vosotros” y otros se limitaban a tocar trompetas para asustarnos. Yo entonces apreté el botón del propulsión de mis muletas y al segundo mi dispositivo de hélices se hicieron al vuelo rasante. Comencé a dar vueltas por el parque a la estrepitosa velocidad de un trueno medio loco. Cada vez que alcanzaba la cabeza de un mahometano le retorcía las narices y luego, antes de que reaccionase, me relanzaba a otra zona del parque a salvar a algún niño con su madre que huían espantados. Mi velocidad era lo suficientemente demencial para que los mudayines empezaran a tener miedo. Los morteros empezaron a disparar sus pepinos con dirección asistida, pero mis muletas llevaban un dispositivo de cambio de temperatura que despistaba los cohetes y los hacía volver a su destino. ¡¡Pummm! ¡¡Pammm!! y hacían unos cráteres de varios metros de diámetro. Rattatatatatata!!! hacían los kalashnikov en mi dirección. Pero mi velocidad ahora estaba programada para ser lo más errática posible y entonces las balas acababan en cualquier sitio menos en mi.

Pronto vi que los mahometanos se iban retirando sin lograr sus objetivos de amedrentarnos para que cerráramos los bares donde se sirve vino y o que prohibiéramos la venta de jamón y las chuletas de cerdo en el Alimerka del barrio. Tampoco cederíamos en dividir las piscinas municipales en zona de mujeres y hombres. Ni menos que nuestras hijas pusieran pañuelo o dejasen de bailar en las discotecas. Se iban retirando con miedo cuando de repente vi que llegaban las brigadas dialogantes de la Alianza de Civilizaciones con sus chicos y chicas majas y tolerantes y con sus banderas blancas me hicieron señas para que parase y apagase los dispositivos de mis muletas. “¡¡Mecagon-la!!” me dije para mí. “Otra vez estos mequetrefes con sus monsergas de cuentos de hadas”. Me dijeron que me acercara y que esperase. Pronto montaron allí su tienda de campaña con una bandera de la paz y la imagen de Barth Simpson. Los mudayines mahometanos ya se iban acercando a la tienda con sonrisas de oreja a oreja. En la mesa de campaña había hamburguesas de pavo y ganso y coca cola que pronto fueron desapareciendo ante la comprensión y deseos de amistad de las brigadas de la paz. “Sr. Tal-ek, es la segunda vez que le vemos provocar a sus vecinos con esas muletas tan militaristas. Usted no sabe respetar la diferencia y se ensaña contra ellos cuando tratan de manifestarse pacíficamente. Ahora mismo hemos de negociar la paz, hemos de poner nuestras diferencias en perspectiva y saber ceder como ciudadanos democráticos”. “Sí, sí”, dijeron los mudayines masticando las hamburguesas y poniendo cara de ovejas mansas. Yo iba a decirles a las brigadas que tan sólo estaba defendiendo el parque de unas agresiones brutales a manos de gente intolerante, pero eso solo me sirvió para recibir una amonestación en forma de sermón humanista de libro. Si seguía justificando mis fobias racistas podría acabar sin mi jubilación anticipada. Ante tal amenaza, pedí perdón a mis compañeros o hermanos mahometanos por mi desgraciada actuación y poniendo mis muletas en velocidad cero me fui de allí culebreando mis piernas con mis meniscos atascados. Pronto el parque era un campo de juego mudayín
segregado para hombres.

Vital-ek

LAS MULETAS (I)

Me levanté cogí mis muletas y bajé al portal. Allí estaban dos delincuentes tratando de robar en mi buzón. A uno le pequé tal muletazo que salió corriendo con un chichón de tres centímetros y medio. El otro se me puso farruco y me quería pegar un puñetazo en la nariz. Puse la otra muleta en forma de lanza y el susodicho notó la presión del taco de goma como si de un proyectil se tratara. Salió restallando fósforo del portal. Entonces me pregunté ¿qué coño estaban intentando robar? Abrí el buzón y vi que dentro había un pergamino dirigido a mí. Lo abrí y leí: “Hay una sorpresa para ti en el bar de la esquina. Vete aunque tengas que poner un motor hidráulico en esas muletas tan chulas que llevas”. Firmado: Uno. Ajusté entonces mis muletas y fui balanceándome en línea recta hacia el bar de la esquina. Pero al llegar a mitad de camino unos gamberretes del barrio se fueron acercando a mí con porras y bates de béisbol. “Danos esas muletas tan chulas o te machacaremos a golpes sin piedad”. Yo entonces me puse contra la pared a la defensiva. Mis rodillas menisquíticas parecían pivotes de hierro oxidado. Cuando el primer mozalbete intentó romperme la cabeza fue tal el muletazo que le cayó en la entrepierna que rompió a llorar desconsolado rodando cuesta abajo por la acera. El siguiente se abalanzó a mí como si fuera Tarzán directo a mis averiados meniscos. De haberse producido el golpe certero todavía estaría sintiendo los fogonazos atroces de dolor multiplicándose como estrellas y galaxias sin fin. Pero no fue así, mi otra muleta rápidamente entró en acción y la empuñadura entró por la boca del menor protegido por la Ley rompiendo dientes a diestro y siniestro. “Ze lo voy a dezi a mi mami pa que el juezz te meta en chirolaa”, me dijo al tiempo que huía. Los otros dos que quedaban me amenazaron con palabras de grueso calibre y amenazas tártaras de cortarme el cuello y robarme las muletas otro día.

Por fin llegué al bar de la esquina con el pergamino en la mano. En el bar todos estaban viendo el coñazo televisivo de una tal Belén Esteban. Tenía que apartar la gente para que me dejara pasar porque todo el mundo seguía el espectáculo de esa Belén y nadie me prestaba atención. Entonces con mis muletas empecé a dar golpes sobre el mostrador con rabia y alevosía, pero como nadie me seguía haciendo caso decidí barrer el mostrador con la muleta derecha haciendo caer todos los vinos y cañas al suelo. El estrépito entonces logró despertar al personal del hechizo de la Belén esa. “Oiga, oiga, qué hace con esa muleta” yo entonces abrí el pergamino y pregunté: “¿Quién quiere darme la sorpresa?” pregunté.

Entonces un señor bajito con bigote y un traje que le quedaba muy grande, me dijo: “Señor, no se irrite tanto. Todos estamos aquí a recibir la sorpresa y todos estamos esperando tal sorpresa. Siéntese y tómese un vino o una caña y espere. Algún día llegará la sorpresa”. Todos se pusieron a reír y siguieron mirando el programa de la coñazo Belén Esteban. La tentación me entró de hacer con mis muletas un par de hélices y causar el mayor estrago posible en el bar de la esquina, pero me contuve, pedí una caña con cacahuetes y me puse a ver también el coñazo de la Belén Esteban con resignación africana.

Vital-ek

¿QUIÉN TIENE LA VERDAD? REFLEXIÓN EN TORNO A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN (Rechazado por La Nueva España de Gijón)

Cuando se rompe una conferencia de cualquier político, sea Zapatero, Aznar o quién sea; el mensaje que se está dando por parte de quienes rompen la conferencia es que ellos poseen la verdad y esa verdad hay que imponerla aunque sea por la fuerza. Quiere decir también que quienes asisten a tales actos o conferencias, se les considera, por parte de estos grupos; tontos ignorantes que no saben a quién escuchan y entonces hay que educarles por la vía del vandalismo pedagógico. Ellos, los del grupo, sí saben lo que es verdad y políticamente correcto. Los que han escogido asistir a esa conferencia o no saben o sí saben; de una manera u otra, no merecen respeto alguno por parte de quienes poseen la verdad. Este tipo de comportamiento es tan arbitrario como autoritario, pero curiosamente pretende pasar como democrático, como majo, como “algo comprensible”, etcétera. No importa la ideología del grupo ni quién es el conferenciante, este tipo de conducta es profundamente antidemocrático. La única justificación que tendría este tipo de conducta sería si los mencionados grupos no tuvieran los mismos derechos de libertad de expresión que los demás o si sobre ellos pesa una discriminación jurídica injusta. Ahí es donde habría que demostrar la valentía y con toda la razón del mundo. Si romper actos culturales o políticos empieza a ser algo majo y aceptable en nombre de una verdad ideológica superior que el resto de los ciudadanos supuestamente desconocemos, entonces todo vale: los mismos que han reventado la última conferencia podrían sufrir la acción de otros grupos de ideología contraria y tendrían que callar. Todo vale. ¿Quién es quién para decidir si el otro grupo vociferante no tiene también la verdad? ¿Quién es quién para pararme si yo decido vociferar ante cualquier acto cultural o conferencia? ¿Es que no se dan cuenta los demás de que la verdad es la que yo grito y tengo el derecho a proclamarla como sea? Absurdo. Entraríamos en una dinámica destructiva y antisocial injustificable.

El meollo del asunto es este: ¿quién decide lo que es verdad en una democracia? Si yo decido asistir a un acto cultural del signo que sea, y; siempre que esté dentro de un orden democrático, es decisión mía; es mi libertad de elección. Si la conferencia no es de mi gusto no voy y punto. Con no asistir es suficiente. Sí alguien que ha decidido entrar en el acto empieza a gritar y a sabotear la conferencia porque está disconforme con lo que dice el ponente, lo que está demostrando es su total falta de respeto al acto y debe de ser expulsado. Aducir que uno tiene la verdad y que esa verdad es tan verdad que se ha de gritar como sea; sería muy difícil de demostrar cuando se trata de mera opinión, corrección política o fanatismo ideológico, por muy majo que se haga pasar esa opinión. Otra cosa es cuando hay una clara discriminación jurídica que esté perjudicando la libertad de expresión o derechos del grupo o persona asistente. En este caso sería hasta justificable la protesta. La verdad de las cosas hoy día es cada vez más compleja, sobre todo en política. Que yo sepa nadie, en nuestras sociedades posmodernas, tiene la verdad absoluta; y, pretenderlo no dejaría de ser un ejercicio intelectual y crítico de mucho calado, altamente recomendable por otra parte. Quizás exista esa verdad, pero hay que trabajarla con plena libertad y luego convencer.

Vital de Andrés

El tren

Era la hora de irnos. La ciudad estaba desolada. No había nadie por las calles. Sabíamos que había una invasión de horrores invisibles. La gente empezaba a pensar en las cosas invisibles. Pero ya era tarde. Dios existiría o no existiría, pero lo cierto era que los demonios si existían y nos estaban aterrorizando. Se nos aparecían en forma de horrorosas alucinaciones que no hacían beber alcohol y tomar más drogas para paliar el miedo al más allá. Había que irse.

Yo cogí mi microbús y fui buscando a mis amigos barrio por barrio. Había que salir de la ciudad y luego llegar al encuentro con las fuerzas del bien.

Cogí a Mertán, a Butrewq, a Melsera, a la Familia Optresd, a la familia Bghtfdr; y a Njklhc y Mkorasa.

Salimos de la ciudad como rayos. Allá quedaba la televisión con sus programas de mierda, el fútbol carroñero, la política corrupta con sus politicastros odiosos; los institutos con su mala educación putrefacta; la sexualidad descojonada en forma de un plasma orgásmico inclasificable. Ahí estaban los millones de cretinos mentales haciendo daño y maldades perniciosas, ahí quedaban TODOS…

Y nosotros nos íbamos en nuestro microbús muy temprano, para luego coger el tren misteriosos a través de montañas y tundras solitarias al encuentro del Bien.

II


El tren nos llevaba a través de desiertos. No paraba casi nunca. Teníamos sed, pero tanta era la gana de abandonar el mundo y las ciudades y sus poblaciones que aguantamos hasta llegar al oasis Tgdfht. Allí bebimos y todos estábamos contentos. Teníamos otros mundos que explorar y nos prometimos que seríamos siempre nómadas y exploradores. Nunca sedentarios. Seríamos una tribu siempre en movimiento. Siempre con nuestro tren llevándonos a sitios nuevos, parajes nuevos, mundos nuevos, cosmos nuevos, universos nuevos, religiones nuevas, personas nuevas, animales nuevos y diferentes. Luego galaxias y profundidades estelares. Nada nos pararía. Éramos al fin libres. No teníamos que ver la Tele, ni escuchar Cadena Ser o la COPE, ni ver a la Belén esa de marras en ese programa del marica de turno, ni oír a Zapatero, ni ver a Rajoy, ni saber nada de la Comunidad Europea…..

Libres en nuestro tren viajando por nuevas dimensiones, viendo y viviendo los enigmas de la vida…

Libres viajando en el tren…

III

Cuando llegamos al planeta Nkjhgdoytu el tren paró en medio de un valle verde innombrable. Bajamos y nos pusimos a comer manzanas que crecían por todas partes. Luego bebimos agua clara de los manantiales frescos. A lo lejos veíamos un pueblo y fuimos para allá. Eran todos buena gente que nos dio de comer buen jamón de Jabatumk y chorizo de Leondert. El vino era excelente. Luego todos nos pusimos a cantar con las gentes del pueblo que no sabían lo que era una enfermedad, ni trabajar por obligación, ni llevarse mal con nadie, ni se engañaban con políticas tramposas y ellos se quedaron muy sorprendidos cuando les contamos telepáticamente de dónde veníamos.

Ah!!! ― Dijeron ellos― Eso es el Infierno del que nos hablaba el mago Bgcsdre. ¡¡Qué horror!! ¿Cómo habéis podido vivir ahí en ese planeta maldito? Bebed más vino y bailar. Y era evidente la compasión que sentían por nosotros.

Y seguimos bailando y estábamos tan contentos que caímos todos rendidos y nos dormimos.

Al día siguiente era un sol resplandeciente y un cielo azul nítido como nítidas eran las conciencias de aquella buena gente del pueblo de Kjdñopi. Cogimos de nuevo el tren y seguimos por el planeta Nkjhgdoytu. Íbamos viendo por las ventanillas animales que se reían y jugaban al corro la patata. Luego vimos miles de niños corriendo por prados y jugando sin parar. Más tarde era otro pueblo con músicos tocando mientras todo el pueblo comían juntos en grandes mesas redondas y cantaban al mismo tiempo. Joder!!! Esta gente vive bien de narices y sin políticos, ni filósofos, ni televisión, ni ordenador de los tolanos….

Y seguíamos en el tren.


Nesalem-ok

15 junio, 2009

La Educación Mixta: ¿Se puede educar igual a Hombres y Mujeres?

Artículo de la Nueva España:


http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pRef=2009061400_76_768342__Siglo-XXI-fracaso-escolar-genero-masculino

Polémica asegurada

Bueno, es el problema de tratar de educar a "todo el mundo" y prepararlos mediante una educacion academica que muchos no quieren ni
pueden aprender. Deberia de haber alternativas -aqui como en Espana nos sobran abogados pero nos faltan fontaneros- para que los chavales se interesen
y acaben al menos con un oficio que les permite ganarse la vida. pero los padres insisten en que sus hijos -todos- son unos genios que deben aspirar
a Harvard., y es muy dificil hacerles ver que sus chaveles son unos zoquetes que si serian buenos fontaneros o carpinteros.

Michael

La Naturaleza se defiende perfectamente bien de todos los ataques que van contra su permanencia. El cambio de roles ataca por la base a esta permanencia y, lógicamente, se crea un desequilibrio. ¿Cuál será el efecto final de todo esto?. No lo se, pero presiento que nada bueno, ni para las mujeres, ni para los hombres. El día que los hombres arrinconados por las mujeres, embrutecidos y sometidos, hasta extremos no soportables, traten de rebelarse, no tendrán otra arma más que la fuerza física bruta. Estoy seguro de que la usarán, es ley de vida.



AZOR

EL HOMBRE QUE LEÍA A HEGEL AL REVÉS

 Este hombre vivía con una mujer taciturna. Los dos habitaban una cabaña fuera de la ciudad. Vivían de su jubilación de maestros de escuela....