Hay una frontera entre la vida y la muerte que es infranqueable. No solo infranqueable, sino absolutamente fuera de toda experiencia humana. A nuestra vista solo queda el cadáver y el sentimiento de dolor o de conciencia de finitud. Más allá está lo indecible, lo impensable, la nada. No hay medio de penetrar, de saber: no hay signos que nos conecten con tal Reino de lo insondable. El ateo se conforma con decir que no hay nada porque no se sabe nada y entonces será la pura y absoluta inconsciencia. El religioso monoteista dirá que hay un cielo y un infierno reales o como metáforas de otra condición ya sobrenatural. Lo revelan las Escrituras. Hay una dimensión sobrenatural que desconocemos, pero que es real: el alma sobrevive a la muerte del cuerpo. Otras versiones lo colocan al final de los tiempos, después de una muerte de cuerpo y alma (alma como la esencia de la vida individual) interina e inconsciente hasta el toque de trompeta y luego la resurrección de todos los muertos para juicio divino junto con los que viven en tal momento presente.
Pero hay otra manera de entenderlo: si nada se sabe eso no quiere decir más que como seres humanos y dentro de nuestros límites cognitivos y categorías de pensamiento, no podemos saber nada. Es una dimensión fuera de lo humano, por tanto inefable, innombrable, indefinible. No poder decir nada no es lo mismo que no haya nada, o que nuestra existencia no tenga otros modos de continuidad impensables para nosotros. No veo por qué el que intuye otras posibilidades de existencia más allá de la pura inmanencia física, se tenga que ver obligado a demostrar nada. Que nada se puede demostrar no quiere decir que la frontera de la muerte nos cierra definitivamente la posibilidad de ninguna trascendencia. Simplemente no sabemos.
Alguien, entre dos cafés humeantes, me hacía la pregunta ¿cómo conocer a Dios? En realidad era una pregunta común. Me gustan las conversaciones relajadas tomando café y abordando temas como estos. Efectivamente, no hay demostración alguna de la existencia de Dios bajo parámetros científicos o bajo una rigurosa lógica analítica. Hay una frontera también infranqueable, indecible, innombrable que nos impide decir nada empíricamente demostrable sobre tal ente. Tampoco bajo parámetros de razón pura. Pero eso solo nos dice que no es posible hablar de tal supuesto ente bajo nuestros aparatos cognitivos y categorías de pensamiento. Por tanto la fe para quien la viva como decisión existencial es un asunto absolutamente irracional. Quien viva la fe en Dios o crea en la vida post-mortem sabe que esas experiencias las vive como una profunda intuición subjetiva. Decir que algo es irracional solo quiere decir que está fuera del alcance de la razón, sin más connotaciones.
Entonces, y ya cuando las tazas de café daban a su fin, llegamos a la conclusión de que si Dios es un ente o yo diría un X real aunque fuera de los límites de la inmanencia física-natural a la que alcanzamos los humanos en nuestra experiencia diaría, entonces la fe no dependería de nuestras elucubraciones mentales, psicológicas, racionales de dar vueltas y vueltas a lo que no tiene explicación demostrable. La fe dependería de una fuerte intuición inesperada, que por "razones" inexplicables comienza a invadir la conciencia de una persona, la transforma, le da fuerza e intensidad para vivir; encuentra resonancias que no desaparecen y he ahí el fundamento de una ética efectiva, afectiva e intensa que puede concretarse en opciones morales creativas, valientes, arriesgadas basadas en una esperanza.
¿Una fuerte intuición? ¿Hemos de depender de una fuerte intuición? Bueno, y ¿por qué no? Si tienes la fortuna de sentir tal fuerte intuición y esa intuición te lleva a una vida con sentido y fuerza e intensidad y esperanza, ¿qué razones tendrías para rechazar tal fuerte sentimiento? ¿La tirarías por la borda simplemente porque no es demostrable ni justificable en términos comprensibles para los demás? Simplemente, allá cada uno con su decisión personal ante la vida, cada uno busca o encuentra lo que mejor sintonice con su ser, pero mucho me temo que cualquier decisión tomada en esta existencia su punto de apoyo se perdería también en la mayor irracionalidad. La razón ha de dar cuenta de sí misma fuera de sus parámetros. Y esos parámetros residen en la conciencia humana finita, perecedera, contingente...

