El pensamiento liberal todavía asume una razón objetiva como
referente basada en la ciencia o en la
economía. Valora de muchas maneras las
estadísticas que surgen de los estudios sociales, políticos, mercados;
previsiones de futuro, etc., y los utiliza así mismo como referentes objetivos
para entender una realidad que existe ahí afuera y que de alguna manera se
puede aprehender, aunque sólo sea una aproximación. Para el liberalismo actual
todavía es el sujeto libre y soberano quien decide a la hora de escoger
opciones de consumo, opciones culturales; educación para sus hijos, elección de
religión o ideología. Pero ante todo, las opciones que más importan como son
las opciones políticas, se concretan con las elecciones democráticas cada
cuatro años. Es ahí donde el ciudadano libre y soberano elige a quien le va a
gobernar y en su justa proporción de representantes en el Congreso. Podemos
decir que en el pensamiento liberal, la política es ese terreno interesado y
subjetivo que puede aproximarse o alejarse de esas leyes objetivas o
aproximadamente objetivas que mueven la economía, la ciencia. O, también, la
política es ese poder interesado que podría acaparar la libertad de una
sociedad civil que la componen individuos libres de actuar o asociarse de la
forma más creativa posible y en función de sus intereses privados o colectivos.
En las sociedades liberales es la ley la única forma de regulación social y
política; y, esa ley se entiende ha sido consensuada y actualizada de forma
democrática en el Parlamento.
El pensamiento de izquierdas deconstruccionista más radical niega la
posibilidad de separar la política de cualquier expresión humana. La política
determina o configura todos y cada uno de los aspectos del ser humano a quien
ya no se le concede ese privilegio liberal de la soberanía y libre albedrío;
desde el momento que el mismo sujeto-individuo-ciudadano es ya constituido
políticamente: digamos que es ya una construcción política desde el momento que
adquiere conciencia e incluso ya antes de nacer queda ya inscrito en una red de
relaciones sociales que jamás se pueden abstraer de la política. Evidentemente
aquí ya estamos ampliando la definición de política de una manera que rompe los
esquemas de la sociedad liberal: no hay ningún espacio que se pueda abstraer a la
política. No hay por un lado sociedad civil, objetividad científica, económica
o social; y por otro, política como un aspecto de las ideologías o creencias.
Nada es inocente en esta modalidad radical de pensamiento posmoderno-deconstruccionista. Desde el
momento que somos historia, existimos y nos constituimos como seres históricos,
no hay posibilidad de privilegio alguno de situarse en ningún espacio neutro,
objetivo, trascendente, esencia; etc. ya estamos todos situados en una
relación
de poder o de dominación-resistencia. Entonces todo conocimiento o experiencia
están ya situados en este juego político. E incluso ese flujo omnipotente de la
política configura no sólo nuestros gustos o “subjetividad”, sino también
nuestro cuerpo, nuestra sexualidad, nuestra idea de diferencia biológica, de
raza, etc. Entonces la sexualidad centrada en los órganos sexuales con predominio del pene como centro de configuración del placer; no es más que una estrategia de poder de género, subsumida en otras redes de poder político que hacen del hombre el sujeto dominante en la configuración de los flujos e intensidades placenteras del cuerpo. Toda expresión sexual al margen de esta configuración “falocéntrica” queda etiquetada como perversión, excepción, o margen. Liberada la sexualidad de tal falocentrismo el cuerpo podría configurar el placer de múltiples maneras sin necesidad de etiqueta alguna, y sin necesidad de cualificación de hombre-mujer-gay/maricón-lesbiana/bollera, etc. Género y sexo serían así también productos o “constructos” políticos. Léase el libro de Beatriz Preciado “Manifiesto contrasexual” (Anagrama. Barcelona 2011). No me extiendo más. Pueden opinar si quieren.








