Rosky.- ¿Adónde van esos ejércitos cientificistas? A fe mía que desde esta cumbre puedo verlos destruyendo templos cristianos con rabia y fiereza.
Narika:- Yo también los veo amado Rosky. No se dan cuenta que esos templos hace ya tiempo que están casi vacíos. Estos cientificistas, en su delirio y entusiasmo, no dejan que esas pobres almas ancianas encuentren su último calor espiritual.
Rosky.- Terrible, querida Narika; mira como queman los mitos, las doctrinas, las creencias; y, si te fijas bien, observa cómo ese cientificista despliega el pendón de la Ciencia y la Razón.
Narika.- Sí, pero los muy cobardes no se atreven a desplegar esos pendones en tierras mahometanas. Tienen miedo y pavor de ofender al sarraceno, no vaya a ser que les rebanen el cuello.
Rosky.- Sí, en tierras sarracenas son los cristianos los que mueren a manos de los tiranos o las masas enardecidas. Los cientificistas saben esconderse y callar la boca.
Narika.- ¿De dónde saldrá el ardor guerrero europeo que detenga a los mahometanos en el Gran Día de la Venganza del Islam?
Rosky.- No lo sé amada Narika.
Narika.- Pero, oh amado Rosky, ¿Y estos viriles y varoniles ejércitos ateos- cientificistas que estamos viendo? ¿No serán ellos los que nos den ese sentido que tanto necesitamos?
Rosky.- No, amada Narika, quienes cortan de raíz sus tradiciones y sus mitos quedan secos y sin sustancia. No hay nada que esperar de ellos. Bajemos a la ciudad. Es hora de abandonar esta colina.







