19 diciembre, 2014

LA NAVIDAD DE SYLVIA CREPALAGAR

Sylvia Crepalagar era una atea de tomo y lomo. Pero tan atea era que un día se dio cuenta de que se aburría mucho siendo atea y que además, se lo tomaba muy en serio y eso le cerraba, por otra parte la posibilidad de inventar sus historias de fantasmas y de espíritus; tema que paradójicamente le atraía. Pero ya desde su juventud se había
empeñado en ser atea porque la religión siempre le había parecido un invento de viejas beatas y de gente débil dada a creer en lo que nadie ve ni puede demostrar. Ser atea le parecía la postura más sana y más sensata para una mujer librepensadora. Hasta que se dio cuenta de que se aburría sobremanera siendo atea y que además su imaginación nunca dejaba de sentirse tentada a explorar los reinos hasta ahora censurados por ella misma. Se abriría a la posibilidad de que pudiera existir Dios o mundos sobrenaturales poblados por increíbles criaturas o ángeles o entidades extrañas y hasta demoníacas. Quién sabe lo que habría por ahí por esos espacios siderales tan infinitos y esas galaxias tan lejanas y ajenas a nosotros, pensaba nuestra mujer. Entre tanto veía cómo se aproximaba otra Navidad y cómo las calles se decoraban y la gente parecía estar algo más contenta de lo normal contagiados de una espontánea alegría. Los niños jugaban con más intensidad y los mayores se saludaban con más entusiasmo de lo normal.  Sylvia entonces se decidió a hacer algo que nunca había hecho: compraría regalos de navidad para sus sobrinos del pueblo de Volargen, no muy lejos de su ciudad. Además aprovecharía para verlos, pues ya hacía tres años que no los veía, por pura desidia e indiferencia. Su prolongada vida de soltera la hacía ser cada vez más encerrada en sí misma, más egoísta.
Y dicho y hecho. Se metió en unos grandes almacenes y allí compró lo que la imaginación le llevó a comprar en forma de juguetes para los niños de su hermano Julián. El pobre Julián había sido abandonado por su mujer hacía un par de años y casi seguro que resentía el también no disimulado abandono de su hermana mayor Sylvia, siempre centrada en su miserable vida de solterona pretenciosa, pensaba ella que pensaría su hermano. Por fin quedó satisfecha de su compra y encargó que le llevarán los paquetes a su domicilio, pues el volumen no era transportable por una sola persona. ¿Qué le estaba pasando? No se sentía como era lo normal en ella: el mundo reducido a su dura razón convenientemente objetiva y ambición profesional sin límites ni tiempo. El
mundo como maquinal y segura rutina sometida a los inflexibles horarios de la Civilización. Todo eso ahora parecía perder sentido y poco a poco la ciudad y sus calles pretendían envolverla en una inesperada embriaguez de magia y misterio. Los juegos de luces de coches, farolas, tiendas y semáforos intentaban embriagarle una parte de su ser desconocida hasta entonces o quizás medio ignorada con su coraza de innegociable ateísmo. Estaba despertando a una nueva y abrumadora sensación de paz y bienestar que hacía posible la reconciliación con todo el mundo. Tenía ganas de saludar a la gente, de decir algo a alguien; de reconocer que tras su aburrida y prosaica vida había otros mundos, otras tonalidades: era libre de crear y recrear el universo con su imaginación hasta entonces encerrada y encorsetada y todo le parecía salido de una inocente transmutación de realidades. Quizás debería tener cuidado y volver a la cordura, al sentido común. Aquello que le estaba ocurriendo podía ser un ataque de entusiasmo sin sentido. Jamás cedería al más estúpido sentimentalismo de las más comunes de las personas. Se paró en seco delante de un escaparate de una tienda ornamentada para las fechas. Se miró en el reflejo por unos segundos y de repente comenzó a llorar. Aquello no tenía el más mínimo sentido, era el más puro acto de irracionalidad que le había acontecido, pero no cedería.
Pronto estaría en casa, pero el mero hecho de saber que en una hora le traerían todos aquellos regalos del almacén y que al día siguiente los habría de llevar a Volargen a casa de su hermano y pensar que habría de pretender querer a unos sobrinos que apenas había visto, ni sentido necesidad de tal cosa, le producía pánico, miedo, y una decidida parálisis de acción. Todo aquello era una locura.
"Sylvia", una voz le llamaba. "Sylvia" volvió a repetir la voz. Al dar la vuelta no veía a nadie. En la esquina, un grupo de muchachos y muchachas disfrazados de Santa Claus cantaban villancicos. Eran del Ejército de Salvación recolectando dinero y regalos. "Sylvia", la voz insistía; y al mirar de nuevo a otro lado de la estrecha calle vio su sombra proyectada y alargada sobre el asfalto y sobre una fachada acristalada de una tonalidad opaca. Se quedó parada y sin aliento. De repente sintió la fuerza de una opresión que se iba trastocando en pura y simple inocencia que se expandía en todas  direcciones y en toda dimensión y la sombra desaparecía a medida que su paso se hacía más libre y decidido.
Al día siguiente abrazaba a su hermano y a sus sobrinos en Volargen al salir de un taxi preñado de regalos y de alegría. "Feliz Navidad, tía Sylvia, Feliz Navidad" gritaban sus sobrinos.

08 diciembre, 2014

FANATISMOS Y VACÍOS. RULANDA Y TURRAMÓN CONVERSAN EN LA CALLE

Rulanda de Milkavosora se encuentra con Turramón de Nilaser en el Paseo de Tralamera. Los dos son un par de cerebritos capaces de desnudar cualquier idea hasta sus últimas consecuencias. Sin embargo hoy Rulanda está inspirada y le echa su sermón a Turramón en función de anteriores conversaciones. Los dos caminan, pero Rulanda habla y habla:  

Hay necesidad de ser fanáticos, amigo Turramón. Conozco a mucha gente
que quisieran ser fanáticos de algo y poder luchar por ello de forma clara y absoluta. Mucha gente que quisiera poder luchar contra enemigos claros y malignos a los que poder derrotar o condenar al infierno con todas las de la ley. Hay mucha rabia y mucha gana de venganza que en otras épocas se traducirían en cruzadas militares o morales, en persecución de judíos o herejes o expansión militar por territorios conquistables; o en patriotismos místico-románticos pero capaces de machacar cabezas o reducir otras naciones a dominio incuestionable. En otras épocas había verdades que defender y normalmente eran verdades absolutas, incuestionables, por las cuales se moría si llegara el caso. Una expansión colonial en nada se diferenciaba de una misión divina de expansión cristiana, mahometana o de cualquier dios. Era necesario creerse superiores y poseedores de valores irrenunciables con lo cual justificar la misma existencia.
Pero todo esto ha entrado en crisis. Las verdades se han diluido en nubes; y, con un impulso más de inteligencia, acabamos en los desiertos infinitos. Se han traspasado todos los muros de contención de dogmatismos, de metafísicas, de fes, de idealismos y no hay nada, absolutamente nada, que no quede diluido en un infinito de concatenaciones sin alma alguna y sin sentido propio y sustancial. Quizás hayamos salido de Egipto y ahora nos adentramos en el puro riesgo y la pura indefinición. Bien es verdad que quedan muchos residuos del pasado, muchas nostalgias de los ajos y cebollas que solíamos comer: hay fundamentalismos de todo tipo que siguen reclamando territorios: otros siguen empeñados en hacer de esta tierra un cielo o un paraíso programado y ordenado. Pero lo que sí es cierto es que ya se han traspasado todas las fronteras de la certeza absoluta y no hay nada que no sea cuestionable y reducido a flujos o corrientes o fuerzas, u oscilaciones o verdades objetivas siempre provisionales hasta alcanzar nuevos territorios.
Se podría decir que para mucha gente es insoportable vivir sin causa fanática. Y los fanatismos son siempre una posibilidad, no importa qué territorio ideológico (o ausencia de ellos) habitamos: hay potencial de fanatismo para todo: fanáticos de la tolerancia, del igualitarismo, del orden natural o divino, del mercado libre o planificado; de Jehová o de Alá. Nadie escapa a la placentera posibilidad y oscilación hacia la venganza, hacia la santa o histórica ira, a la conquista de nuevos centros de poder desde donde "articular", hacia la lucha entre coordenadas, hacia la imposición de algo sobre algo.
Pero nunca como ahora somos profundamente conscientes de la total imposibilidad de justificar nuestra Razón en términos metafísicos, permanentes, eternos, divinos, naturales, históricos, raciales. La misma Historia ha pasado a ser un juego de conveniencias, de relación de poder y de fuerzas; pero nada más. Ahora se nos abren los grandes desiertos y las grandes estepas que nos rodean. Los espacios celestes siguen siendo infinitos e indefinidos. Pero, amigo Turramón, tras todas estas extensiones también se puede divisar un inmenso centro de atracción que a modo de agujero negro nos puede ir tragando o haciéndonos oscilar en una eterna órbita.

Turramón entonces contestó:

Amiga Rulanda, si así han de ser las cosas, que quizás lo sean; yo, entonces, con mayor "razón" doy mi arriesgado salto hiper-irracional hacia el territorio de la fe. Allí espero encontrar a las tribus perdidas que no dejan de merodear por los desiertos en busca de un nuevo territorio donde habremos de  obtener nuestro sustento de sentido y realidad. Lucharemos cuando hayamos de  luchar y estaremos en paz cuando hayamos de estar en paz. Será la escritura de un nuevo libro cuyas páginas por ahora siguen en blanco.

Claro que esta conversación habría de seguir....