Lo que digo a continuación es algo que ya han dicho otros, pero creo que es necesario repetirlo. La generalización solo intenta resaltar aquellos males que creo son comunes a todos los países latinos. Nuestra idiosincrasia es producto de nuestra historia que nos frena y condiciona a la hora de progresar de verdad en el concierto de las naciones. Bien es verdad que no todo es así como digo; y, las excepciones van creciendo. No todo sindicalismo es corrupto o demagogo, no todo miembro de partido es un oportunista. No todo empresario un explotador sin reglas. No todo ciudadano aspira a vivir del Estado. Pero los males siguen ahí, tocándonos los tolanos.
Si países como Argentina votan mayoritariamente a gente como Cristina Kirchner es porque esa mayoría espera que este tipo de presidentes populistas o caudillos, les va a dar aquello que más anhelan: trabajar poco y vivir bien al mismo tiempo. En las culturas latinas estas dos cosas combinadas son la panacea social, el mejor regalo que se le puede hacer a un ciudadano fuera de ser millonario. No somos pueblos con muchas ambiciones competitivas, no va con nuestra sangre eso de meterse en laboratorios a investigar con disciplina o a trabajar con aspiraciones de superarse, de ganar más, de invertir en negocios o empresas rentables; tampoco nos gusta esa independencia individual de los ciudadanos de otros países que suele traducirse en responsabilidad, en respeto a la ley, en potenciar la sociedad civil más que el Estado.
Para nosotros eso es algo enfermo, nos dan revolturas esos valores de pueblos fríos y extraños. A nosotros nos gusta la informalidad, el sí sí, mañana paso por ahí, pero pasaré cuando me venga en gana. Solemos trabajar con desgana y con mucho resentimiento por no estar gozando del privilegio de los otros que creemos no dan golpe o trabajan bastante menos que nosotros. Solemos también trabajar con mucha improvisación, con bastante desorganización y envidia del que trabaje mejor y más que nosotros. A ese lo odiamos a placer y si podemos lo jodemos sin piedad. Nos gusta hablar mucho, siempre estamos hablando y criticando y despellejando, pero dejamos que otros hagan aquello que nos resulta desagradable, dificultoso, confuso. Los países latinos somos pueblos de calle, de la plaza pública, del tiempo libre; de la informalidad, de buena jarana.
Qué mejor que sea el Estado quien nos cuide; quien nos provea y a ser posible sin trabajar, o trabajando lo mínimo. Por eso preferimos la dependencia colectiva de partidos, sindicatos, iglesia, instituciones públicas; que las soluciones individuales, la responsabilidad individual de organizarse la vida a gusto de uno en una sociedad que permita opciones y modos de vida basadas en la libre elección. Para nosotros ese es el mayor pecado, eso es condenable; nos expone a los peligros del esfuerzo supremo; corremos peligro de ser diferentes a los demás. Y lo curiosos del caso es que acabamos trabajando mal y desproporcionadamente, votamos a aquellos populistas que nos prometen poco trabajo y vivir bien a costa del Estado, pero acabamos en paro crónico. Nos gustan los políticos bocazas o desvergonzadamente demagogos. Creemos que ellos van a actuar como magos que nos mantendrán o por lo menos alargarán nuestra estabilidad fundamentada en las arenas movedizas de un capitalismo rancaneante, torticero, siempre inconcluso.


Y encima para complicarlo más tienen el componente italiano. No me extraña que los malvinenses no quieran saber nada de ellos.
ResponderEliminarLa mitomanía de este país es memorable: Evita, Isabelita, Perón, el brujo López Rega, el populismo vocinglero y grandonista... Ahora el mistérico-marxistoide rasputín: Axel Kicillof ...
ResponderEliminar