31 diciembre, 2016

ES LA ERA DE LAS RECOMPOSICIONES

Veo una película en el canal francés TV5. El tema es de manual de lo políticamente correcto. Una trama de una relación homosexual entre un joven musulmán y otro francés. El padre del francés es empresario y tiene prejuicios contra los musulmanes. El muchacho musulmán está empleado en la
empresa del padre del chaval francés. Un día llegan el padre y la madre a casa y descubren a los dos amantes en pelotas en una habitación. El padre entonces busca cualquier buen pretexto para echar al chaval musulmán de su empresa. La cosa se complica y sale a relucir el prejuicio del padre a los musulmanes como parte fundamental de la película y ya no sólo por la homosexualidad. Los gestos del padre se hacen cada vez más perversos y malvados mientras que la madre es comprensiva y compasiva y echa en cara al padre su racismo contra los extranjeros y musulmanes. Bueno. Quizás la peli hubiese dado un cambio y acabase en otra cosa diferente a lo que yo estaba viendo y juzgando. No le di ocasión. Me resultaba una película-tópico; del tipo caza subvenciones socialdemocráticas. Un patético rollazo. Sólo válida para practicar mi maltrecho francés.

Oigo en tertulias de radios y teles progres y no tan progres cosas que pretenden ser rompedoras contra los prejuicios existentes, la moral conservadora, el machismo, los sentimientos "anticuados", el racismo, la xenofobia, etc. Me sorprendo de que no se den cuenta de lo tópicos que han llegado a ser estas críticas por puro desgaste. Lo repetitivas y aburridas que ya resultan ante una realidad que ya se ha desplazado hacia otras coordenadas y por lo tanto han pasado a ser puro anacronismo. En realidad--y en la realidad-- ya está todo "roto" y volver al papel de rompedor revolucionario, ahora revestido de hipertolerante socialdemócrata, resulta aburrido. Ser feminista radical ya no se puede entender como discurso liberador a la vieja usanza. Quizás esté significando otra cosa. Ser afectivamente pro-gay y proclamarlo como
estandarte de biempensante democrático se ha quedado obsoleto. Puro gesto ya anticuado. Ser anticatólico al mismo tiempo que comprensivo con el islam es el colmo de la esquizofrenia. Y en eso se queda. Criticar todo sentimiento religioso en nombre de la ciencia resulta ya un pose de anacronismo agotado hasta la médula. O al revés. En realidad ya está todo roto y no hace falta exhibir bulldozers o rompehielos, porque simplemente ya no queda nada por romper. Hasta el racismo y su opuesto: el antirracismo se  han globalizado de forma sorprendente. Ya no se trata del blanco contra el negro exclusivamente, sino también del negro contra el blanco, o el negro x contra el otro negro y; o también el oriental chino contra el oriental japonés o coreano y viceversa. El racismo y el antirracismo ya no son exclusiva del hombre blanco, se ha diseminado por todas las culturas y pueblos y a todos atañe.
Lo que está ocurriendo ahora, en nuestro presente, son las recomposiciones de los fragmentos, de los trozos, de los residuos de una civilización que ha logrado triturar con éxito toda posibilidad metafísica; todo axioma moral o ético; toda verdad en sí. Pero lo que ha hecho la civilización occidental es el veneno que ya corrosiona al Islam y a todas las culturas. Nadie puede vivir aislado en su rincón de la selva o del desierto. Ahora es la época de las recomposiciones. Y estas son las nuevas mutaciones. Resistentes a toda crítica ya que el ácido de la razón ya no tiene poder sobre ellas. Profundamente cínicas en relación a cualquier intento por dominarlas o apropiárselas en nombre de cualquier gran significante. En realidad importan poco las razones y las críticas; tan sólo importa el mero existir como a cada cual se lo pida el cuerpo. Ya no hay que dar razón de nada una vez que la misma razón se ha cuestionado a sí misma hace tiempo como otro producto histórico occidental. Las recomposiciones se presentan como autoevidentes y autosuficientes; se sustentan en el mismo límite de todo lo existente. Es inútil pretender romper o sermonear con humanismo socialdemocrático. Estamos ante otra cosa. Ante algo que vive en primer lugar su propia inmanencia con la mayor creatividad o destructividad posibles.   

08 diciembre, 2016

EL HOMBRE SALTARÍN

A lo lejos veíamos un hombre saltarín. No había nadie por la calle. La vida se reducía tan solo el hombre saltarín que hacía de su cuerpo una peonza. Cuando nos acercábamos a él, él se alejaba girando sobre sí mismo y haciendo un recorrido errático de alejamiento. Y así caminamos por un tiempo hasta que perdimos de vista al hombre saltarín, al hombre peonza.

La fábrica era enorme. Toda la producción parada y el silencio era abrumador. Las máquinas nos miraban como bestias relajadas. Nos quedamos mirando a una de ellas y la aislamos del resto. La contemplamos por un tiempo en su misma estructura, su misma configuración, su misma figura. Su belleza mecánica nos llevó al éxtasis. Sus circuitos perfectamente silenciosos y en reposo. Quietos. Potencialmente productivos. El silencio seguía siendo abrumador. Entonces nos pusimos a correr alocadamente por los pasillos poblados de máquinas girando hacía la izquierda y luego a la derecha y siguiendo en línea recta. Líneas rectas. Y de repente he ahí a lo lejos al trasluz de un gigante portón de salida estaba el hombre saltarín bailando y saltando como una peonza. De nuevo nos quisimos acercar a él y de nuevo se fue alejando. Salimos de la enorme fábrica y el sol nos deslumbró. Todo brillaba demasiado.

Nunca deseas que llegue la noche a una ciudad desierta. Durante el día proyectábamos fantasmas diurnos de esperanzas de luz, de claridades y sombras. De tonalidades de color. De espectros que cobraban vida propia, pero que luego desaparecían sin sentido, sin control. Había momentos en que los espectros formaban figuras de fabulosa fantasía y sus tonalidades afectivas eran buenas y nobles. Sobrecargadas de inocencia. Los árboles de los jardines y las plantas formaban parte del mundo de los espectros y de sus infinitas tonalidades de color y forma. Se fusionaban y jugaban. Pero habría de llegar la noche. Habría de oscurecer. La noche y su lóbrega oscuridad nos era insoportable. Nadie
puede desear una noche en una ciudad deshabitada y vacía. Pero cuando cruzas el umbral de la noche las pesadillas van cobrando vida como criaturas informes, caóticas, que chocan entre sí y producen toda clase de sentimientos turbios, amargos, desesperaciones, angustias límite y explosiones psicóticas.

Nada es permanente. La noche pasa y surge el amanecer y todo desaparece para dar lugar a una nueva creación en la ciudad vacía. Un nuevo día de luz. Al final de la gran avenida he ahí de nuevo al hombre saltarín bailando como una peonza y saltando y reclamando nuestra atención. Nos acercamos poco a poco y ahora el nos quiere indicar un camino. Quizás una salida fuera de la ciudad vacía.