26 julio, 2014

DE NUEVO ISRAEL EN LA PALESTRA

Muchos estamos a favor de Israel y creemos que su destino es ser una nación como las demás, con sus aciertos y sus errores. Si hay errores hay que reconocerlos y denunciarlos como se hace con cualquier país que incumple las normas democráticas o toma caminos demasiado agresivos o expansivos con otras naciones vecinas. Israel no puede ser excepción al respecto. Un estado democrático se consolida con el máximo respeto a las leyes y libertades. Es ahí donde hay que juzgar a Israel, tal como se haría con cualquier otro estado moderno y democrático.
Pero el Estado de Israel conlleva también muchos más problemas que cualquier otro estado moderno. Tiene un porcentaje importante de población árabe que es necesario integrar como ciudadanos de pleno derecho. Problema en sí harto difícil. ¿Qué fórmula adoptar? Los factores étnicos y religiosos son explosivos en muchos casos, pero no en todos. Hay sectores árabes israelíes y judíos que ven la necesidad de negociar y hacer viable una sociedad civil plural que se mueva preferentemente bajo el concepto de ciudadano. Pero el peor problema es el de las fronteras. ¿Cómo negociar y asentar unas fronteras seguras con una población árabe-palestina cuya identidad se basa en ser el producto de un destierro y violenta expropiación? ¿Cómo frenar, por otra parte, el deseo de expansión y colonización de ciertos sectores ortodoxos con mucho peso social en la vida de Israel? Aun así hay sectores palestinos e israelíes que buscan territorios comunes de entendimiento para llegar a una solución definitiva. Hay también interés en colaborar tanto económicamente como en seguridad. Titánica tarea que sin embargo ya empieza a tener alguna raíz.
Luego, no hablemos ya de los enemigos consubstanciales del estado israelí como son  Irán, Arabia Saudí, Siria, etc., con sus organizaciones extremistas tipo Hamás o Hezbolá actuando como frentes de continua provocación e intransigencia. Sostener un estado democrático moderno en tales condiciones es en sí una tarea abrumadora; que sin embargo tampoco justifica actuaciones desproporcionadas o vengativas sin control.
Fino tacto tiene que tener el Estado de Israel para mantener un equilibrio de supervivencia. Y los enemigos son muchos, entre ellos cierta izquierda europea que se agarra al la tabla de salvación de la "causa palestina", sin dudar en utilizar la fácil asociación judíos-sionismo-capitalismo como el mal a batir. Una izquierda que esconde la cabeza bajo las alas ante las matanzas y horrores sirios y otros muchos. Sin embargo, cuando las tornas se inclinan hacia el avispero palestino-israelí surgen las consabidas manifestaciones de indignación revanchista, y el mismo odio antiisraelí repetitivo y monotemático sin matices. No estamos diciendo que no haya necesidad de protestar contra Israel cuando sea necesario, pero también contra el horror sirio, centroafricano, las ejecuciones de homosexuales en Irán, la violencia venezolana, talibán, etc, etc.   

12 julio, 2014

TADEUS RECIPROPAKIANO REFLEXIONA SOBRE EL BIEN Y EL MAL

Tadeus Recipropakiano Insofortes se puso a pensar un día ocioso que no tenía que ir a trabajar de peón picapedrero en una cantera de mármol por padecer una gripe; y llegó a este pensamiento o reflexión que nadie habría de leer y que posiblemente tiraría a la basura al día siguiente. Así que reflexionó esto que sigue:

Desde el momento en que se pueda realizar una tortura en este mundo, un dios bueno
queda descartado. Quien consiente a un torturador satisfacer su instinto perverso teniendo el poder para pararlo, se hace cómplice de ese malvado. Lo cual quiere decir que es tan malvado como él. Peor todavía quien permite que ese torturador exista o que la misma idea de tortura sea posible. Desde el momento que el mal pueda existir en el mundo con todas sus perversiones, olvidémonos de dioses buenos o justos. Los dioses o el dios singular no son buenos desde el momento que necesitan y consienten el mal para justificarse a ellos mismos y a su creación. De existir son, por definición, dioses perversos. Podríamos hablar entonces de un universo creado por un dios perverso y malo que consiente las guerras, que consiente las torturas, etc. O sea, un perfecto dios inmoral. Las buenas conciencias religiosas no quieren ver esto y entonces atribuyen el mal al hombre y al pecado provocado por el hombre. Triste y penosa solución al problema del mal.
 
Y sin embargo podemos hablar así porque somos conscientes de que el bien actúa como si fuera una realidad que niega el mal, que lo condena, que lo resiste, que lo denuncia; que expone su perversión. El bien es siempre provisional o circunstancial, mientras el mal tiene siempre la iniciativa, el poder real. El mal es consubstancial al cambio, al tiempo y espacio; a la contingencia de un universo que se nos impone en su múltiples modalidades de mal y de mal disfrazado de bien. El bien, sin embargo, se movería mejor en un limbo de inocencia y pureza más allá de toda materia, de toda creación en tiempo y espacio. El bien sería lo irrepresentable del cielo cristiano. Que es lo mismo que decir que mientras el mundo es lo que es el mal tiene siempre la última palabra; o sea, el mal reina a sus anchas y el bien siempre será una Idea, una Esperanza, un Más Allá.
Y, precisamente, porque existe esa idea y esa esperanza; o mejor dicho, porque existe la posibilidad de pensar el bien aun dentro de la radicalidad absoluta del mal en este universo, es por lo que creemos que la fe en D-ós es un milagro. D-ós es una idea absolutamente trascendente e inexorable que logra trascender incluso la posibilidad de un mal absolutamente perverso que podría utilizar hasta la misma idea del bien como coartada ad infinitum para seguir perpetuándose. El milagro de la fe impide que el mal sea dueño del universo. Pero ese milagro es siempre una posibilidad absolutamente subjetiva: un summum mysterium que hace estallar toda posible racionalidad a la hora de comprenderlo.

Tadeus Recipropakiano leyó de nuevo lo que había escrito. le sonó a pura blasfemia y resentimiento pérfido de picapedrero amargado; quizás fruto de su fiebre griposa; y entonces lo tiró a la basura. Nunca más tendría pensamientos tan perversos y aceptaría su condición de picapedrero mal pagado con grata resignación cristiana. ¿Quién era él para atreverse a tanta blasfemia?