En la región de Turasamnert en el país de los Zswlp había muchos bosques de castañales, pero nadie se preocupaba de ellos y nadie cosechaba las castañas salvo para venderlas de mala manera en las plazas públicas de Mhgcbvzx. Efectivamente, cuatro viejecitas algo chochas se dedicaban a vender durante el invierno el producto asado en cucuruchos de papel de periódico a los transeúntes aburridos.
Gfsareta erka Lopuyt tenía 85 años y caminaba muy mal por el lumbago que padecía. La pobre Gfsareta vivía con unos hijos que la descuidaban y la dejaban sola la mayor parte del tiempo y hasta hablaban de llevarla a un médico para diagnosticarle alguna enfermedad de la cabeza y así mandarla a una residencia para el resto de sus días. Pero ese día Gfasareta pensó en las castañas y en las viejecitas y se dijo para sí: “¿Por qué no vender castañas en la calle y por lo menos saco algo de provecho y trato con la gente?” Al día siguiente fue a arreglar los papeles para conseguir un permiso y todo llevaba mucho tiempo y tenía que sobornar a los funcionarios municipales con billetes verdes con el escudo del Rey Vladermalotew VI. Cuando lo consiguió compró un caseto y una perola con gas butano al bazar de los asiáticos The-Lu.
Gfasareta empezó a vender castañas con gracia y se veía rejuvenecer y se daba cuenta que tenía arte y que ganaba más dinero que las demás viejecitas. Pronto se dio cuenta que las castañas tenían mercado a nivel del Reino y se empeñó en aumentar el negocio comprando castañales a los parásitos y mezquinos campesinos de Turasamnert. Para ello empleó a dos jóvenes emprendedores que sabían lo que Gfasareta quería y cuál era su visión de las cosas. Pronto la venta de castañas dejó de ser el casetuco del cruce de las calles Mnhu y Dfreat para instalarse en un gran edificio de oficinas del centro de la ciudad de Mhgcbvzx. Luego vino la compra de grandes almacenes y la empresa Castañas Gfsareta erka Lopuyt y Cía empezó a crecer y a cotizar en bolsa. Gfsereta se logró introducir en los mercados internacionales de las grandes naciones y como las castañas de Turasamnert eran de buena calidad, la expansión fue atroz. La empresa tuvo que hacerse multinacional y la fama de nuestra viejita de 85 años que ahora tenía 88 y estaba en la flor de su vejez, se extendía por todo el planeta.
Tan sólo sus hijos y nueras seguían despreciando a Gfasareta y, de ser por ellas; seguirían en su empeño de meterla en una residencia para dementes seniles. Tampoco los miserables y parásitos campesinos fuertemente subvencionados de Turasamnert sabían apreciar el empeño capitalista de la viejita y trataban de sabotearla como podían declarándole los sindicatos huelgas extrañas que Gfasareta supo combatir con valentía. Menos aun los políticos de la región sabían apreciar aquellas ambiciones e iniciativas de la viejecita y entonces trataban de ganársela con engaños y trampas de cuatreros, que era el estilo al que estaban acostumbrados. Pero Gfasareta supo darles aire sin más y darles la patada como si fueran perros vagabundos llenos de piojos.
Gfasareta murió a los 110 años en el esplendor de su empresa. A su entierro acudieron dignatarios y empresarios de todo el planeta y hasta el mismo emperador Sdjkutrwe XXI del reino de Bgtdcn la elogió con lsus mejores palabras.
Hay regiones, como Asturias, que tendrían mucho que aprender de esta venerable señora vieja, y no pretender vivir a cuerpo de rey a costa del Estado.
ResponderEliminarAsturias se parece más al relato de "En el país de Humarghom". Es una región atrapada en sus manoseados y agotados mitos de izquierdas.
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