26 diciembre, 2008

Historia de Gary

Gary Sommer trabajaba hacía muchos años en la taberna del viejo Guss. Vivía encima del saloon con su puta ya retirada del oficio. Hacía años que Guss se había desprendido del negocio del vicio, no porque el predicador Pasley lo denunciara cada domingo en su iglesia; sino por las muchas broncas y peleas y hasta alguna balacera que se producían en aquella taberna por culpa de las mujeres. No solo los canteros, sino también los ganaderos que subían sus bestias hacia el norte, solían parar en el saloon a echar un trago y un mal polvo. El sheriff Dalton le puso las cosas claras: “estos putos canteros y malolientes ganaderos han de ir a follar a otro sitio, podrías poner a tus putas en el cobertizo de Westmore, allá en las afueras, y; déjanos el pueblo limpio. Ya son muchos los problemas y los enredos. El juez Horton está a punto de cerrarte el negocio.” Guss decidió despedir a las mujeres y quedarse con el saloon, pero Gary se quedó con Sylvia Burton, la madame de los ojos verdes de serpiente.

Al año siguiente Daniel “Bull” McNeil cerraba su cantera y los ganaderos ya no pasaban por el pueblo. Las alambradas iban cubriendo las llanuras y era imposible cruzar territorios con las miles de reses sin tener que cortar alambradas o enfrentarse a tiros con los rancheros. Así que cuando finalizaron el ferrocarril del Southwest todo el ganado empezó a transportarse en tren hasta Forth Worth para luego distribuirlo hacia el Norte. En ese mismo año a Guss le falló el corazón y se fue a mejor vida. Nadie sabía de su familia ya que había llegado al pueblo tantos años atrás sin tener que dar explicaciones a nadie de su vida y así fue hasta el final. Así que Gary se quedó con el negocio y con Sylvia Burton. Gary no era hombre de muchas luces y se conformaba con servir botellas de güiski a los viejos rancheros ya arruinados. El pueblo se fue abandonando poco a poco y Gary iba sirviendo cada día menos licor. No parecía importarle. Podía sobrevivir como una rata comiendo cualquier cosa, pero su puta ambicionaba una vejez digna de una madame. Un día desapareció con todos los ahorros del viejo Gary Sommer y se fue en el tren que iba al oeste.

Con el declive del pueblo el antiguo saloon de Guss se fue carcomiendo sin más clientes que unos cuantos indios miserablemente alcoholizados con el peor matarratas del oeste de San Antonio. Pero Gary seguí todos los días detrás de su mostrador siempre silencioso, siempre mirando hacia las montañas secas y peladas masticando tabaco. El agrimensor Willy Constant me contaba que la última vez que había pasado por aquel pueblo Gary seguía allí con sus indios enfermos y su taberna medio destruida.

Criaml Sartwert

Criaml Sartwert se acercaba a Fort Bertson. El sol le pegaba de lleno. Hacía tiempo que había perdido el sombrero. La herida le dolía y la sangre se le iba secando. Tenía que llegar al pueblo antes de que perdiera el conocimiento. Cuando el aire caliente arreciaba el polvo le cegaba. Malditos comanches. Les habían tendido una emboscada y todos habían muerto acribillados a balazos. Menos él, que había logrado dejarse rodar por el terraplén del Río Conchos. Luego fue la larga noche caminando a través de los mesquitales con una profunda herida en un brazo. Los coyotes habían olido su sangre y le seguían desde lejos. Habría de llegar a Fort Bertson antes de las 12 del mediodía. Perra vida. Toda una vida huyendo de trabajo en trabajo, de mujer en mujer, de pueblo en pueblo. Toda una vida huyendo para no ser atrapado por nada. Ni tampoco los comanches le habían logrado atrapar. Pero ya era viejo. El viejo Criaml Sartwert. Bonito título. La vida había sido un puñetero desierto plagado de alimañas. Tan solo unos pocos charcos o algún miserable riachuelo para dar alivio a la sed de vivir. Hasta que un día se dio cuenta que ya no tenía más sed. Seco. Estaba seco como una roca del desierto.

Ya se estaba arrastrando por la calle principal de Fort Benson y la iglesia presbiteriana estaba al final, cerca del cementerio. La iglesia estaba llena. Podía ver que estaba llena a pesar de que los ojos se le nublaban. Siguió arrastrándose hasta llegar a las mismas escaleras. Alguien se dio cuenta de su presencia y se acercó. Él, Criaml, preguntó en inglés y en español, susurrando:
--¿Quiero ver a la novia?
--Señor, la novia está recibiendo la bendición del pastor y ya mero que el novio la está besando. Como que ya están casaditos—dijo un mexicano vestido con una chaqueta que le quedaba muy grande.
--Es mi hija, llévenme a mi hija—dijo con el aliento agotado.
--Señor, es imposible. Hay muncha gente y usted no está vestido de boda. Además me parece que usted le ha dado al trago más de la cuenta. Es mejor que se vaya. ¡Hay que la chingada! El gringo está pedo.
--Es mi hija y vengo a su boda—repitió sin poder abrir la boca. Parecía un pellejo de animal sin más vida que unos recuerdos atormentándole sin piedad, mientras algunos mexicanos lo arrastraban hasta cerca de la forja de Matthew Polkas.